• MARIO AQUINO

El xoloitzcuintle y el camino hacia el Mictlán

Tuxtla.- Hace pocos días, se recibió la visita de nuestros familiares y amigos del más allá, para recoger la ofrenda que dejamos sobre el altar, una cosmovisión que se persevera desde la época prehispánica, pues para nuestros antiguos, la concepción de la muerte tenía gran importancia. Cabe recalcar que esta tradición conlleva un sincretismo religioso, pues recordemos que el catolicismo fue impuesto, desplazando todo concepto pagano y hereje donde según los clérigos, lo representaban algunas acciones de las culturas mesoamericanas; aunque a pesar de esto, se lograron rescatar ciertos aspectos, conservándose con el paso del tiempo lo más cercano posible a la pureza del concepto.



Es importante remarcar que, a pesar de la gran diversidad cultural y definición que brindaba cada región sobre un mismo termino, estos se globalizan; esta vez nos centraremos en los Nuahuas, geográficamente ubicados en medio del país mexicano. Principalmente esta cultura poseía una concepción de la muerte, al fallecer un individuo tenia un destino establecido, dividiéndolos en cuatro lugares, según la causa del deceso; el primero se conocía como “Cielo del sol”, destinado a los guerreros muertos en combate, capturados o mujeres que morían durante el parto, el segundo es “El Tlalocan” ahí llegaban todos aquellos que murieron en relación con el agua, “El Chichihualcuauhco” lugar donde residían todos los infantes que fallecen prematuramente, y por último “El Mictlán”, donde llegaban todos aquellos que morían de manera natural y debían ser acompañados por un guía, en este caso era el Xoloitzcuintle.


Basándonos en las investigaciones de Alfonso Caso en su libro El pueblo del Sol, Para llegar al Mictlán se debían pasar por nueve niveles en un lapso de cuatro años, y de ahí encontrar el descanso definitivo, El primer Infierno se caracterizaba por pasar un río llamado “Chignahuapan”, que era la primera prueba de los dioses; debido a esto se creía la necesidad de enterrar al individuo con un perro de color negro, ya que este te ayudaba a cruzar la corriente de esas aguas; cabe recalcar que este animal, recordaría la importancia de como lo hayas tratado en vida, pues ellos decidían si te acompañaban o te abandonaban. Después se debería pasar entre dos montañas que se juntaban constantemente, al tercer viaje, el alma tiene que continuar por otros cerros pero formados de obsidiana, para el cuarto lugar, se enfrentarán a fuertes vientos donde sentían que múltiples navajas los cortaban; continuando la travesía por donde flotan las banderas, se llegaba hacia el séptimo infierno, en el cual se pasaría entre fieras que comerán sus corazones, el octavo lugar, se atravesaba por estrechos lugares entre piedras, el noveno y último baraje, era la llega con Mictecacihuatl, la señora de las personas muertas.


Para ayudar al individuo en su camino hacia el Mictlán, los vivos enterraban al cadáver con amuletos que lo harían soportar las pruebas mágicas, de igual forma le daban un jarrillo con agua; amortajaban al difunto en cuclillas, lindándolo en fuertes mantas y papeles, asimismo, quemaban los atavíos usados durante su vida, con el fin que no tuviera frio durante su travesía. Se le ponía en la boca una piedra de jade para que le sirviera de corazón, y quizá para dejarla como ofrenda a la llegada del séptimo infierno, por último se le daban ciertos objetos de valor los cuales se entregaban con Mictlantecuhtli o Mictecacihuatl, señor y señora del infierno, concluyendo el final de su jornada.


El camino hacia un descanso eterno es lo que todos desean, llegará el momento donde estaremos a punto de iniciar la partida, por lo tanto solo nos queda continuar con nuestras buenas acciones, preservando a los nuestros; sin olvidar que “Entre flores nos reciben y entre ellas nos despiden”.