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¿De verdad existe la democracia en México?


Vivimos tiempos miserables y carentes de sentido. La desesperanza hace ver como urgente solo a lo inmediato, pareciendo que todo está en juego en cada coyuntura. Cada tanto se abren ventanas de oportunidad. Ventanas cada vez más pequeñas que se cierran más rápido. Es por ello que es necesario levantar la mirada, hacer un zoom out. Las alternancias de gobierno, todas, solo han sido rostros distintos del mismo monstruo priista. La reconstrucción de nuestro país debe tener como prioridades la consolidación de una muy frágil democracia, el Estado de derecho, las violencias, la desigualdad y el medio ambiente. La liga se ha estirado demasiado en todas ellas. Los embates a la débil democracia mexicana y la ruptura del Estado de derecho se dan a diario sin consecuencia alguna y desde las más altas esferas políticas. Esto no es nuevo, pero día a día se ha venido agravando en los últimos años, más bien sexenios. Hoy irrumpe de manera muy burda y preocupante dado el abierto embate autoritario del presidente. Por su parte, la brutalidad de las violencias ha ido alimentando un relato en el que la militarización parece ser, en la mente de la clase política y buena parte de la sociedad, la única alternativa. Poco democrática la “alternativa”. Vivimos tiempos miserables y carentes de sentido. La desesperanza hace ver como urgente solo a lo inmediato, pareciendo que todo está en juego en cada coyuntura. Cada tanto se abren ventanas de oportunidad. Ventanas cada vez más pequeñas que se cierran más rápido. Es por ello que es necesario levantar la mirada, hacer un zoom out. Las alternancias de gobierno, todas, solo han sido rostros distintos del mismo monstruo priista. La reconstrucción de nuestro país debe tener como prioridades la consolidación de una muy frágil democracia, el Estado de derecho, las violencias, la desigualdad y el medio ambiente. La liga se ha estirado demasiado en todas ellas. Los embates a la débil democracia mexicana y la ruptura del Estado de derecho se dan a diario sin consecuencia alguna y desde las más altas esferas políticas. Esto no es nuevo, pero día a día se ha venido agravando en los últimos años, más bien sexenios. Hoy irrumpe de manera muy burda y preocupante dado el abierto embate autoritario del presidente. Por su parte, la brutalidad de las violencias ha ido alimentando un relato en el que la militarización parece ser, en la mente de la clase política y buena parte de la sociedad, la única alternativa. Poco democrática la “alternativa”. Pretendemos construir un Estado con una democracia solo de nombre, con control político de la justicia, con violencias desbordadas, con negación de derechos elementales y con una desigualdad sistémica. Todo ello perfectamente normalizado. Las alternativas en la mesa parecen destruir todo entregando el futuro a alguien que se asume predestinado por la historia e iluminado o regresar al punto que detonó todo esto. Ninguna de las dos es aceptable.

La combinación de violencias, militares, opacidad, desigualdad e impunidad no solo impide salir del círculo vicioso, sino que se retroalimenta a sí misma. A esto sumamos un entorno enrarecido por la virulencia, en palabras y hechos, del presidente y una discusión pública basada en el ruido y no en el diálogo. Somos una sociedad que ha ido perdiendo los pocos resortes democráticos y de civilidad que comenzaba a construir. Toleramos lo intolerable. Ni el país de un solo hombre ni el país de la impunidad y las violencias. Seguir estirando la liga nos acerca cada vez más rápido a un punto de no retorno.