• ALEJANDRA OROZCO

La aventura de ser mamá: 38 semanas dentro, 38 semanas fuera

Tuxtla.- Justo esta semana, si hacemos las cuentas estrictas, Elisa cumplió 38 semanas de vida, que fue el tiempo que duró mi embarazo y su edad gestacional al momento de realizarme la cesárea, o sea que por unos días, oficialmente ya pasó más tiempo afuera del vientre que adentro.



Dicen que todo proceso de la naturaleza tiene su lógica, y que tiene que pasar el mismo tiempo que duró la gestación para que el bebé se dé cuenta de que mamá y bebé no son una misma persona, sino que cada quien es un ser individual, de ahí viene la crisis o angustia de separación en donde les cae el veinte y les da miedo separarse de nuestro lado.


En nuestro caso sí ha sido así desde hace un par de semanas, aunque lo ha sabido manejar muy bien, cuando me voy a trabajar a veces me llora, no me gusta -y no recomiendan- irme a escondidas de ella, sino explicarle que me voy pero voy a regresar pronto, en general los bebés nos entienden más de lo que pensamos, y Elisa es bastante perceptiva.


Lo mismo pasa cuando la dejo con su abuela y me voy a la cocina o a hacer otras cosas, llora al ver que me voy, pero luego se pone a jugar y se le pasa, aunque cuando me vuelve a ver me vuelve a llorar y me llama con los brazos... yo soñada de sentirme tan necesitada por ella, de ver que me extraña y quiere estar conmigo tanto como yo con ella.


Quizá suena feo, pero no me refiero a que me guste verla sufrir, sino que disfruto es vínculo porque dicen que después viene el desapego y ya no va a tener ojos para nadie más que su papá, yo seré un cero a la izquierda o me va a ver solo como una vaca lechera, pero es increíble la conexión que puede haber entre una madre y su hija.


El tiempo cambia dependiendo de la perspectiva. No puedo creer que ya pasó el mismo tiempo teniendo a Elisa entre mis brazos que lo que duró mi embarazo, siento como si su vida extra uterina ha sido más larga, quizá porque los cambios del embarazo sí son impresionantes -sobre todo en el segundo y tercer trimestre-, pero lo son aún más durante el primer año de vida de un bebé.


Elisa está a punto de cumplir nueve meses y día con día veo cambios en su carita, siento que cada que la volteo a ver acostada en la cuna crece dos centímetros, esto sin contar todos los logros del desarrollo que va teniendo... creo que estos últimos dos meses es cuando más ha cambiado, y pasó algo similar en el embarazo: en ambos momentos, este octavo mes ha sido en el que ha estado más inquieta.

Durante los primeros tres meses de Elisa, los días se nos iban en darle pecho y verla dormir, y mi primer trimestre de embarazo también fue muy tranquilo, sin contar las agruras y el montón de sueño que tenía, pero ella no daba lata, apenas y me percataba de su existencia.


El segundo trimestre fue cuando comenzó a crecer mi panza, cuando nos enteramos que era niña, cuando empecé a percibir sus movimientos, tal como ha sido ahora, pues de los tres a los seis meses empezó a reírse, a moverse más, a sentarse, y a hacer sus gracias de bebé.


Este último trimestre ha sido brutal, muchos cambios en poco tiempo, y aunque ahora no me patea por dentro -como lo hacía todas las noches entre 8 y 9, cuando me acostaba a descansar-, sí le gusta escalarme y mover las piernas con mucha fuerza a cada momento: cuando está tomando pecho, cuando le estoy cambiando el pañal, cuando la quiero hacer dormir... ahora entiendo por qué se enredó con el cordón, la muy inquieta.


A sus casi nueve meses, Elisa ya gatea, se para y sostiene unos segundos sola, balbucea mucho, pide y toma agua, aplaude, le gustan las piñatas, hace muchas trompetillas, imita sonidos y gestos, le encanta buscar a los pajaritos en el cielo, le gustan los gatos, ya se le ven dos dientes -mismos con los que me muerde el brazo o los dedos-, casi no le gusta dormir porque prefiere estar en el argüende, y le encanta estar en la calle.


A mis casi nueve meses como mamá, sigo aprendiendo todos los días, a veces me desespero, me vence el cansancio, no me rinde el día, me duele la cintura, los brazos o la espalda, pero nunca había sido tan feliz ni me había sentido tan plena, y no cambiaría ni un solo día por nada del mundo, ni un solo achaque del embarazo, ni un solo día malo de crianza, porque todos han sido días de crear vida dentro de mí, y de cuidarla ahora que está con nosotros.

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