• AFP

La guerra el mostró grande que pisa fuerte


¿Qué tanta paz en el mundo existe? Muy poca realmente, pero existe un poco. El año pasado, Estados Unidos retiró finalmente sus tropas de Afganistán, poniendo fin a la polémica intervención militar iniciada hace 20 años por la administración de George W. Bush. La susodicha tuvo como principal excusa combatir el terrorismo y al régimen Talibán; sin embargo, en cuanto se decretó la salida, los talibanes resurgieron como si nada hubiera pasado, y para cuando el último soldado estadounidense abandonó el territorio, ya se habían impuesto en casi toda la nación. Aunque la paz nunca ha sido el auténtico fin de invasiones y/u ocupaciones, sí constituye una fachada retórica poderosa; desde tal perspectiva, que la duradera campaña no solo no acabara con los extremistas en cuya persecución se justificaba, sino que ni siquiera lograra debilitarlos, podría percibirse como un fracaso. Pero yo pienso que tal fracaso era predecible: ¿es de esperarse que dos décadas de ocupación militar apacigüen los rencores contra Occidente que catalizan el radicalismo? ¿Acaso una invasión da ejemplos de tolerancia o de coexistencia pacífica? Los resultados demuestran que, aun con pretextos morales (hipócritas) de por medio, las armas no acaban con los odios de los que surge el terrorismo. Todo lo contrario: los incentivan. Pero un nuevo conflicto le ha arrebatado a Afganistán protagonismo ante la preocupación internacional: la invasión rusa a Ucrania. Al igual que el caso anterior, se trata de un problema complejo y con antecedentes longevos, sobre el que se pueden escribir volúmenes enteros. Pero hay algunos puntos principales que requieren apuntarse, por brevemente que sea. El principal es que, a todas luces, se trata de una lucha de fuerzas entre dos grandes potencias antagónicas, pero con aspiraciones igualmente expansionistas: Rusia (o, en todo caso, el gobierno de Vladimir Putin) y la OTAN, resabio caduco de la Guerra Fría cuya excusa para existir desapareció junto con el muro de Berlín. Aquí se mezclan varios factores, incluyendo tendencias imperialistas, la preocupación de que Ucrania se vuelva bastión militar antirruso, la lucha por el control de recursos energéticos y, por lo visto, ciertos resentimientos étnicos de los que no estamos suficientemente enterados en este hemisferio. También es de observarse que los medios occidentales han dado poquísima o ninguna cobertura a la opinión del pueblo ruso. ¿En verdad está de acuerdo la ciudadanía con la guerra?. Otro punto digno de atención: la comunidad internacional está castigando a Rusia no solo con sanciones económicas que afectarán más a los ciudadanos “de a pie” que a la clase política responsable de la invasión, sino también cancelando conciertos, expulsando atletas, etcétera. Estas medidas pretenden mandar un mensaje de solidaridad para con las víctimas, pero en lo personal las encuentro inútiles y hasta empeorantes de la situación, por cinco motivos. Uno, son viscerales, pues generan una opinión absolutista y extrema que esquiva la reflexión. Dos, no tienen repercusiones reales: los tanques no se descompondrán mágicamente a causa de los boletos no vendidos, ni el fantasma de Dostoievski se aparecerá en el Kremlin para exigir que se salve su memoria deteniendo la guerra. Tres, se “hace pagar a justos por pecadores”, es decir, no se afecta a quienes causan el conflicto sino a individuos sin relación, que incluso podrían estar en contra. Cuatro, se llega al extremo de rechazar una gran riqueza cultural que tampoco tiene nada que ver con el tema. Cinco, tal método tiende a la satanización, lo cual no ayudará a nadie: el prejuicio no frena los conflictos, pero sí los acentúa. ¿Quién ganará la guerra en Ucrania? La ganarán o Putin o la OTAN, los estrategas que, pese a haberla originado, determinan su desarrollo desde la seguridad y comodidad de sus escritorios. En ningún caso ganarán las personas de Ucrania, cuyos seres queridos han muerto, cuyos hogares han desaparecido y cuyas vidas se hicieron añicos. Pero no veo qué ha de ganar la población rusa, cuyos recursos se desviaron a una causa bélica, cuyos parientes fueron a morir, y a quienes el desprestigio está aislando de la comunidad global. Nadie gana realmente en una guerra, porque todos pierden algo.

Algo que no tendría por qué perderse, pues la diplomacia podría triunfar si ambas partes poseyeran la sabiduría para abandonar su codicia, ego y prejuicios, y entender que el interés por encima de todos los intereses es la paz. Porque la humanidad no saldrá adelante si no es superando sus atavismos ante la otredad y comprendiendo que, puesto que todos queremos en el fondo lo mismo (vivir bien y en libertad), es mejor buscarlo en conjunto. Ya no podemos permitirnos ver la guerra como “la política por otros medios”, sobre todo cuando poseemos o podemos crear mecanismos para resolver las cosas de una manera más ética, y más respetuosa de todas las vidas implicadas.

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