• ALEJANDRA OROZCO

La Muerte se vistió de fiesta

La semana pasada, hablábamos de cómo se iba a celebrar el Día de Muertos desde distintos panteones de Chiapas, la fecha llegó y nos tocó vivirlo en el pueblo mágico de Chiapa de Corzo, que se revistió de luces y flores para recibir a quienes ya han partido… así lo vivimos.


Era martes 1 de noviembre, el sol ya se había ocultado, pues el horario ya cambió y con él la luz nos dura menos, sin embargo esperamos un poquito a que hubiera más movimiento y salimos de Tuxtla como a las 8 de la noche, previniendo el tráfico, pero el camino estuvo tranquilo.

Llegamos al municipio y en vez de entrar, seguimos sobre la carretera vieja y doblamos en el Conalep, derecho hasta el panteón, aunque una patrulla nos impidió llegar hasta nuestro destino porque ya había un operativo de tránsito rodeando las entradas del camposanto para resguardar a los visitantes, y no pudimos avanzar más con el carro.

Luego de dar algunas vueltas encontramos el lugar para estacionarnos, avanzamos unas cuadras a pie y llegamos al panteón municipal, afuera estaba instalado personal de Protección Civil y la Cruz Roja, listos para prevenir cualquier adversidad, además de algunos puestos de feria con comida y flores, así como antojitos y bebidas, muy parecido a la feria que se monta cada mes de enero, donde en casi todas las casas podemos encontrar alguna vendimia, sillas y mesas afuera para recibir a los visitantes.

Aunque el lugar no estaba propiamente iluminado, las luces que había estaban prendidas, ya dentro vimos que algunas familias llevaron sus focos o lámparas para alumbrar el festejo familiar, además de que cientos de velas titilaban al cálido aire de la noche, que se humedecía con tanta gente.


A diestra y siniestra había tumbas bellamente decoradas: predominaba el naranja y morado del cempasúchil y la nube, además de velas, veladoras y cirios de todos los tamaños que sobresalían de la oscuridad en los puntos donde la luz eléctrica no alcanzaba a llegar, por aquí y por allá había familias reunidas, decorando, ya cenando o incluso, una familia dándole una manita de pintura a un sepelio color rosa.

En la entrada, una bocina emitía música propia de la temporada: cumbia, salsa y hasta corridos alusivos a la muerte, aunque los géneros musicales se diversificaban conforme avanzábamos, predominado los grupos de música tradicional, nos topamos al menos cuatro en todo el recorrido, entonando el tambor y el carrizo, que quizá le gustaban al difunto en vida, un rasgo muy típico de los chiapacorceños.

Una familia rezaba un rosario, para al terminar repartir tamales, refresco y arroz con leche; en otra tumba había champurrado, y hubo quienes hasta se echaron su cervecita acompañada de camarón seco en aguachile, a la salud de su difunto, platicando y poniendo música de banda en su bocina, como cualquier noche de fin de semana.

En Chiapa de Corzo se acostumbra velar toda la noche, las familias permanecen aquí la mayoría hasta la mañana del día 2, otros hasta que el cuerpo aguante, les gane el sueño o los niños se aburran, incluso había niños disfrazados, adelantados un día a la tradición, pero muy ad hoc con la temporada… pero todos reunidos para visitar a quienes ya se han ido.


Había tumbas muy alegres, con música, comida, bebida y todo; otras donde reinaba la nostalgia, apenas iluminadas por las velas o rezando con fervor, por el alma de quienes vienen a pasar este día con nosotros, y aunque no faltaron los que ya andaban pasados de copas, en general el ambiente era festivo, cálido, toda la gente reunida con el fin de estar cerca de aquellos a quienes más extrañan, abarrotando los pasillos y trayendo flores y juncia de aquí para allá.

Afuera, al otro día, vendían fruta, pozol, tacos, juguetes, frituras, dulces típicos y agua, el traguito y la chela también estuvieron presentes toda la noche y al día siguiente, pues el chiapacorceño no deja de lado su espíritu fiestero ni muerto, es una característica de su esencia que los acompaña más allá de la vida.

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