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  • AFP

La pandemia del Covid y el confinamiento, ha sido un duro rival


Una de las cosas que en estos últimos meses no hemos hablado es sobre la situación mental, anímica y obviamente de salud de todos ante una pandemia que sigue vigente. Cómo sabemos la situación en muchos países, estados y municipios es sobre un retorno a una nueva normalidad urgente, pero principalmente por la economía, y es que la economía es fundamental para el bienestar y equilibrio de todos. Desafortunadamente las consecuencia de la pandemia pero sobre todo del confinamiento nos ha dejado desestabilizados en todos los sentidos. De los muchísimos peajes que la pandemia está cobrando al bienestar de la humanidad, uno de los menos visibles pero potencialmente más caros a largo plazo está en las mentes y las emociones. La disrupción en nuestra salud mental se cifra, en un primer vistazo, en las cifras de personas que declaraban haberse sentido preocupadas, ansiosas o deprimidas durante cualquiera de las semanas del último año y medio. La afectación puede darse en raíces más profundas en una de las regiones más golpeadas por el virus, y a la vez con condiciones de partida más frágiles para lidiar con todas las consecuencias que éste nos ha traído. El coronavirus ha estado haciendo su parte para mantenerla en manos de la incertidumbre. Se recupera el empleo, pero no la certeza. Y millones se enfrentan a dolorosos sufrimientos que no matan, pero no permiten vivir con certeza del futuro, con serenidad y esperanza. La ansiedad y la depresión son los padecimientos más comunes que se han apoderado del espíritu de millones de trabajadores, o que perdieron el empleo, o que el patrón les aumentó la carga de trabajo por el mismo salario, o porque les está exigiendo que trabajen más de ocho horas diarias, según esto para lograr la recuperación del golpe casi mortal de la pandemia del coronavirus. Los vaivenes del contagio han producido picos (y valles) de ansiedad. En los grandes países de América Latina, los aumentos de casos venían acompañados casi siempre de un repunte en el porcentaje de personas que durante esos días declaraban haber experimentado esa sensación. Lastimosamente la ansiedad y depresión se aposentaron en el mundo. Se enseñoreaba un desempleo bárbaro, galopante, en un confinamiento total, sin ninguna esperanza de que la enfermedad fuera a ceder en un mes, que eso es lo que esperaba todo el mundo. No. Mejor morían cientos de miles ahogados por una neumonía atípica. O por disfunción de los pulmones. O por cualquier cosa impulsada por el coronavirus. El presidente López Obrador está confiado, y lo reiteró el lunes pasado, de que los empleos perdidos ya se han recuperado. Sin embargo, el mandatario está calculando de acuerdo al registro que lleva, particularmente, más que la Secretaría del Trabajo, el Instituto Mexicano del Seguro Social, en el registro de trabajadores asegurados y patronos empleadores. Pero la economía informal en México es muy amplia. Y ahí estaba el mayor número de desempleados que no tenían un ingreso para alimentar a su familia. Además, los empleos formales se han tardado en recuperarse. La recuperación del empleo ha sido principalmente en las actividades de los mercados informales, sin pago de impuestos, sin acceso a la seguridad social y salarios no sólo remuneradores, sino de hambre. En una economía neocapitalista con toda seguridad ninguno verá por equilibrar el capital y el trabajo.

No habrá mejoras; es más, hay deterioro por la inflación. Pero si no se puede resolver el problema económico, resolvamos en problema afectivo. En fin, la realidad es dura ante una pandemia sin piedad; porque la pandemia destruyó unos 12 millones de puestos de trabajo, al inicio de la emergencia. El mercado laboral se ha recuperado gradualmente, pero todavía hay miles de personas que no han logrado incorporarse a una actividad productiva y el panorama no es nada halagador, a pesar del tratado con Estados Unidos y Canadá.

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