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Las ratas nos enseñan cómo nuestro cerebro procesa la ansiedad

El tratamiento del dolor es uno de los grandes éxitos de la química moderna. Damos por sentado que en nuestros cajones habrá alguna pastilla que nos libere de una jaqueca o del dolor de cuello tras una mala noche, pero no siempre ha sido así. Es el culmen de una evolución tecnológica que empezó con la búsqueda de plantas con propiedades especiales y que, por suerte, poco a poco fuimos afinando. Logramos extraer de ellas las sustancias concretas que podían ser beneficiosas para nosotros y rechazamos todo lo demás, el resto de los excipientes que resultaban peligrosos. La síntesis en laboratorio permitió aumentar la producción y abaratar los costes hasta el punto de que, ahora, todos tenemos paracetamol, ibuprofeno, metamizol u otros analgésicos en casa. Sin embargo, que haya sido uno de los grandes logros no significa que lo hayamos conseguido todo.



Existen dolores difíciles de paliar, algunos por su intensidad, otros por su origen neurológico, precisamente por eso, desde la neurociencia se está haciendo un esfuerzo especialmente notable para comprender la ciencia que hay tras ello y, sin ir más lejos, el último Premio Nobel de Fisiología o Medicina fue precisamente al estudio del dolor. Ahora, un grupo de investigadores han descubierto cómo estimular el cerebro de las ratas para bloquear el dolor y la ansiedad. El truco tiene que ver con las amígdalas, un par de estructuras situadas en la base del cerebro y que se encuentran relacionadas con el miedo, el estrés y otras sensaciones negativas.


Amígdalas, pero no esas


Como decimos, el cerebro existe dos estructuras que comparten nombre con las culpables de las anginas, pero que no tienen nada que ver: las amígdalas. Lo único que tienen realmente en común es su forma almendrada de la que precisamente obtienen su nombre. Las amígdalas se encargan de procesar el miedo, pero también de muchas otras funciones, pero la relación entre ellas y esa emoción es realmente fuerte; tanto que, tras lesionar las amígdalas de un ratón, por ejemplo, estos pierden inmediatamente el miedo y en lugar de huir de los gatos, se acercan con curiosidad.


De hecho, existe una enfermedad en humanos donde poco a poco pierden la capacidad de procesar el miedo hasta dejarnos completamente insensibilizados, se trata de la enfermedad de Urbach-Wiethe. Durante el desarrollo de esta enfermedad, las amígdalas cerebrales van cambiando, se calcifican. Su estructura se altera por el depósito de calcio y poco a poco pierden su función, que es, como decíamos, procesar el miedo. En el caso de los pacientes con Urbach-Wiethe su amígdala se calcifica más rápido, perdiendo su función durante la infancia o adolescencia temprana. Sin embargo, recordemos que no estábamos hablando de miedo, sino de dolor, por lo que cabe preguntarse qué relación puede existir entre ambas cosas.



En el cerebro de una rata


Normalmente, las personas que padecen de dolor intenso suelen asociar otro tipo de afecciones, como puede ser la ansiedad o incluso la depresión. Y, como decíamos antes, la ansiedad está relacionada con las amígdalas y, en cierto modo, con el miedo. Con esto en mente, los investigadores empezaron a estimular distintas conexiones que establecen las amígdalas con otras estructuras cerebrales, esperando que alguna de ellas ayudara a silenciar el dolor o, al menos aliviarlo. Para su sorpresa, consiguieron dar con la conexión en cuestión. Se trataba de un grupo de neuronas que parten de las amígdalas y que se proyectan hacia un núcleo del tronco del encéfalo. Dicho de otro modo: van a parar a un amasijo de neuronas conectadas entre sí en el interior de la estructura que une el cerebro con la médula espinal que rellena nuestra columna.


El núcleo, en cuestión, se llama “núcleo parabraquial” y al estimular su conexión con la amígdala las ratas experimentaban un cambio radical en su actitud. Concretamente, según informan los investigadores, se producía un viraje del continuo emocional hacia las emociones positivas, como acercamiento entre individuos, vinculación social, disfrute, seguridad, esperanza… alejándose por lo tanto de las emociones negativas como pueden ser la evitación, el miedo, la ira o la pérdida de esperanza. Algunas de estas características son difíciles de medir en ratas, pero lo que realmente podemos extraer de aquí es que, efectivamente, existe una especie de gradiente entre las emociones negativas (sean cuales fueran) y las positivas, y que la estimulación de esta estructura cerebral parece tener implicaciones positivas en ellas.

Por supuesto, también experimentaron una reducción del dolor, y sabemos que tanto esto, como el alivio de las emociones negativas, supone un punto de valor para la recuperación de algunos pacientes, cuya convalecencia se alarga, en parte, por el estrés asociado a estas emociones. Aunque, como para poder aplicar todo esto a humanos hará falta tiempo, por ahora podemos centrarnos en su importancia teórica, como paso para comprender mejor el funcionamiento de los cerebros.