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Crónica: Garras hechas a mano

  • REDACCIÓN
  • hace 3 horas
  • 5 Min. de lectura

BEATRIZ SANTOS - EL SIE7E


Amatenango del Valle, en los Altos de Chiapas, es una comunidad tzeltal asentada a la orilla de la Carretera Panamericana, cerca de San Cristóbal de Las Casas. Para quien pasa rápido, el pueblo se anuncia con hileras de piezas de barro bajo arcos y en patios abiertos. Para quien se detiene, Amatenango revela algo más complejo: un sistema cultural y económico sostenido por mujeres que desde hace generaciones han hecho del barro una forma de conocimiento, trabajo y permanencia. No es exagerado que se le llame la capital de la alfarería de Chiapas; ahí el barro es estructura social.

La alfarería de Amatenango se transmite principalmente de madre a hija. No como una técnica aislada, sino como una forma de leer el entorno: saber dónde está la tierra adecuada, cuándo amasarla, cómo responder a la humedad, al sol, al tiempo. Es un aprendizaje largo, cotidiano, integrado a la vida doméstica y al desarrollo del sentido táctil, visual y hasta olfativo. Las piezas que se producen (ollas, tinajas, aves, jaguares) no nacen de moldes ni de líneas industriales, sino de la memoria corporal. Cada mano recuerda, y al mismo tiempo, ajusta.

En ese contexto se inscribe el trabajo de Juana Gómez Ramírez, conocida en su comunidad como Xhana Compash Otol. Nacida en 1982, aprendió desde niña el oficio junto a su madre, Feliciana Ramírez Gómez. La historia familiar no es excepcional en el pueblo, pero sí significativa: la alfarería pasó de ser un complemento de la agricultura a convertirse en el sostén del hogar tras el abandono del padre. El barro dejó de ser solo tradición y se volvió supervivencia. Viajar cargando piezas a San Cristóbal, Comitán o Villaflores fue parte de ese tránsito; y como ocurre en muchas de las historias más admirables, no hubo épica ni jactancia, solo trabajo constante y una esperanza que se repetía camino tras camino.

Lo relevante del caso de Juana no es solo su reconocimiento nacional e internacional (que existe y es importante), sino la manera en que su taller funciona como un núcleo familiar y comunitario. En él participan su madre, su esposo, hermanos, cuñado e hijos. Cada quien tiene un rol y estilo propio. Juana coordina, supervisa y asegura la calidad general, pero no borra las autorías. Esa estructura habla de una forma de liderazgo generoso y compartido.

Es aquí donde la figura de la artesana y del Jaguar que modela se superponen. Si en las culturas mesoamericanas el jaguar es el símbolo de poder y “el guardián del equilibrio” de la selva, en Amatenango, Juana ejerce ese mismo rol dentro de su ecosistema familiar. Su autoridad no es depredadora, no devora el talento ajeno; al contrario, lo protege y lo ordena. Al igual que el jaguar regula la salud de su territorio, Juana mantiene la armonía del taller, asegurando que cada miembro tenga su espacio vital para crear, sobreviviendo juntos en un mercado que, como la selva, puede ser hostil.

El jaguar ocupa un lugar central en este taller y, más ampliamente, en la alfarería contemporánea de Amatenango. No siempre fue así. Durante años, las figuras más comunes fueron aves y animales domésticos. El jaguar, sin embargo, fue ganando terreno hasta convertirse en el emblema. Su importancia no es decorativa. El jaguar es figura asociada al día y la noche, a la fuerza y al tránsito entre mundos. En Chiapas, esa carga simbólica sigue activa, aparece en danzas, relatos y de manera muy clara, en el barro.

Modelar un jaguar en Amatenango implica un proceso largo y exigente. La preparación del barro puede tomar hasta ocho horas. El modelado se hace a mano, empezando por las patas, siguiendo con el cuerpo y dejando la cabeza al final. No es un orden arbitrario, el equilibrio de la pieza depende de ello. El bruñido con piedra de río y lija puede extenderse varios días. La quema se realiza tradicionalmente a cielo abierto, con leña y ocote, siguiendo técnicas prehispánicas. Todo el proceso, en piezas grandes, puede durar meses. Ese tiempo es parte del valor, aunque no siempre se refleje en el mercado y no siempre se respete.

Los jaguares de Juana Gómez Ramírez destacan por la precisión de sus formas y la expresividad de sus rostros, no responden a un patrón fijo; cada uno es distinto. Esa variación no es un recurso estético superficial, sino una consecuencia directa del trabajo manual sin moldes. También es una postura frente a la repetición industrial y la falsificación, un problema real para las y los artesanos reconocidos.

Existe un paralelismo doloroso y necesario entre la biología y la artesanía: la diversidad es la única garantía de supervivencia. Hablar del jaguar hoy implica hablar de su preservación frente a la deforestación y la fragmentación de su territorio. De la misma manera, la negativa de Juana a usar moldes es una resistencia contra la fragmentación del oficio. Un jaguar hecho en serie, idéntico a mil otros, es un jaguar sin alma, una especie extinta. Al dotar a cada pieza de un rostro único, Juana replica la variabilidad genética de la naturaleza. Su negativa a la estandarización industrial es un acto de conservación ecológica trasladado al barro.

La maestra Juana Gómez moldea jaguares jugando, cazando, cuidando a sus crías, viviendo la maternidad. Sin embargo, su presencia en la arcilla no sustituye la necesidad de conservarlo en la selva, aunque mantiene viva su imagen como símbolo de respeto y cuidado. En Amatenango, el jaguar de barro no es un trofeo ni una caricatura; es una forma de memoria activa. Recordar al jaguar es recordar una relación distinta con la naturaleza, menos extractiva y más consciente de los límites y de nuestras similitudes con ellos.

La relevancia del trabajo de Juana Gómez para Chiapas se mide en varios niveles. En el cultural, contribuye a la continuidad de una tradición viva, no congelada en el pasado. En el social, sostiene a una familia ampliada y genera aprendizaje para nuevas generaciones. En el económico, demuestra que el arte popular puede tener un valor justo cuando se respetan los procesos y las autorías. En el simbólico, coloca al jaguar (y con él a la cosmovisión maya) en espacios donde históricamente han sido marginalizados.

Amatenango del Valle es un pueblo en movimiento con galerías al aire libre. La alfarería que ahí se produce enfrenta tensiones constantes: mercado, turismo, intermediarios, cambios tecnológicos. La respuesta no ha sido abandonar la tradición, sino adaptarla sin perder su base. Talleres como el de Juana Gómez Ramírez son ejemplos claros de esa negociación cotidiana entre permanencia y cambio.

Por eso, participar en un taller, asistir a una demostración o visitar directamente el espacio de trabajo no es solo una actividad cultural, sino un acto de corresponsabilidad. Implica ver el proceso completo, entender los tiempos, reconocer el valor del trabajo manual y apoyar de manera directa a quienes lo sostienen.

Conocer el proceso de elaboración del jaguar y dialogar con quienes mantienen viva la tradición es entender por qué preservar la alfarería de Amatenango es también preservar una forma de mirar el mundo. El barro no es pasado, en Amatenango, sigue siendo futuro.

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