• Redacción

Leyenda: La mujer enamorada o la mala mujer

AUTORA: GUISELLA TORO

Premio Nacional de Cuento “Instituto Jesús Reyes Heroles”


En un estado del sur de nuestro país se localiza un pueblo colmado de magia y estoicismo. Por aquellos años, la gente trabajaba en la pesca y otra parte de la población en la finca bananera de un rico terrateniente.


Las viviendas eran de adobe, techos de tejas con corredores y pisos de tierra. Las familias, pobres y numerosas. Corrían los inicios del siglo XX: la energía eléctrica llegaba a instalarse a la finca bananera y dos lámparas combatían las tinieblas en las dos calles principales de ese pueblecito.

Entre las familias oriundas de ahí se encontraba una, muy apreciada por todos los habitantes, dado que la cabeza de ese linaje era uno de los fundadores de “Tonatlán”. Eustorgio de la Cruz Rizo, hombre de grandes valores, provenía de una familia numerosa: sus padres le habían dado 13 hermanos.

Se le apreciaba porque ayudaba a todos. Con su fuerza, nobleza y voluntad sacaba a lado de su padre y hermanos el trabajo de la pequeña tierra que poseían. Cosechaban sandia, maíz, calabaza y melón.

Para llevar la cosecha contaban con una carreta, que construyeron su padre y el, jalada por dos bueyes.

Una de esas tardes que acostumbraban a regresar del pueblo rumbo al rancho, su hermano Melesio, que siempre lo acompañaba a dejar la mercancía al puerto de embarque o al mercado, comenzó a hablar con alguien. Le extrañó, porque siempre dormía de regreso. Eustorgio pensó que alguien se había subido a la carreta con su hermano, para darle el aventón y ni cuenta se dio en qué momento abordó. Ellos tenían 14 y 13 años respectivamente, aunque Eustorgio era más pequeño, siempre parecía ser el más grande porque era más responsable.

Melesio comenzó a hablar más alto y a pedirle ayuda. En ese momento Eustorgio voltea, lo ve acercarse despavorido y lo interroga:

–¿Melesio que tienes? ¡Con quién es que hablas pues!! No veo a nadie ahí atrás contigo.

–¿Eustorgio, no la miras? Es una mujer güera vestida de blanco. ¿Tú la subiste? Se subió en la curva que está pasando el rancho de Don José.

–Claro que no. No hay nadie. Sigues dormido Melesio.

–¡Si, está aquí atrás de ti, viste de color blanco y es una mujer hermosa, me está diciendo que me vaya con ella! Que es muy bonito donde vive y que se casará conmigo –grita Melesio.

Eustorgio recordó entonces lo que le había contado el señor José, en una ocasión que había ido a comprar leche para sus hermanitos más pequeños. Le habló de “la mujer enamorada o mala mujer”, vestida de blanco y que por las tardes se aparecía por la curva; varios ya la habían visto. Todos decían que era alguien del “otro mundo” que no había podido descansar en paz, alguien que andaba penando por un amor perdido. No todos la podían ver, solo a quienes elegía por maridos.

Fue entonces que jaló fuerte la cuerda de la carreta y punzó a los bueyes para que corrieran fuerte. Le dijo a su hermano:

–Melesio, vamos a rezar un Padre nuestro y un Ave María. Esta doña no es de aquí, es del mundo de los muertos, debemos orar para que su alma se vaya de aquí y se devuelva de donde vino. No tengas miedo, por favor, solo oremos juntos. No todos la podemos ver, solo tú has sido elegido por ella y dicen que solo se les aparece a quienes elige, porque se enamora de ellos.

Melesio palideció y comenzaron a orar con ferviente devoción, como su madre les había enseñado.

La carreta iba como alma que lleva el diablo, sin pararse ni siquiera para pasar las posas de agua que encontraban en el camino, mucho menos si podían atropellar a algún animalito, cuando Eustorgio amaba a los animales y siempre procuraba no matar a ninguno.

Melesio cerró los ojos para ya no verla y dejara de hablarle. Así continuaron hasta que pasó un buen rato. Ya casi llegaban a la casa. Eustorgio le pregunta a Melesio:

–¿Abre los ojos, la ves?

Melesio, cauteloso abre los ojos y voltea hacia atrás.

–No, ya se fue hermanito, ya no está. No te pares, por favor, hasta que lleguemos a la casa.

A los pocos minutos llegaron a su hogar, los dos espantados y contaron a sus padres lo que habían pasado.

Su padre un hombre ya entrado en años, les comentó:

–¿Ven por qué siempre les digo que se vengan temprano antes de que oscurezca? No es porque no quiera que se diviertan, sino porque aún siguen pasando cosas raras en nuestro pueblo.

–Pasen niños, ya tengo lista la cena, vamos a sentarnos a la mesa –indicó su madre.

Esa noche, durante la cena, el padre les contó que cuando era jovencito también había visto a esa señora, que era muy guapa y joven, que no se los había contado porque no quería que le tuvieran miedo.

Su padre les señaló:

–Les voy a recomendar que, si se les vuelve a aparecer, nunca la vean a los ojos porque se van enamorar de ella.

–Ay, padre, si en la oscuridad no se pueden ver los ojos, –le replicó Melesio.

–Claro que ella puede verlos y cuando lo hace se los lleva. Nunca más vuelven a ver a los jovencitos. Ya se ha llevado a varios de este pueblo.

Eustorgio, sorprendido, lo volteo a ver y le pregunto:

–¿A quién se ha llevado padre?

–Hace unos 10 años que se llevó al hijo del talabartero. Tenía mi edad. Y más atrás se llevo a dos marineros del puerto, que no creían en esta aparición y decidieron seguirle el cuento. La siguieron a donde los invitó a ir. Terminaron desaparecidos. Nadie los volvió a encontrar ni a ver jamás. Bueno, vamos a dormir. Tú, Melesio, ve con tu madre que te ponga un escapulario bendecido de San Francisco en el cuello y tú, Eustorgio, ven conmigo: te voy a poner una cadenita con una Cruz que tengo ahí guardada. Aprendan bien a rezar y a persignarse con la señal de la cruz, que eso la ahuyenta, para que si se les vuelve a aparecer la puedan correr.

Esa noche Melesio no pudo dormir. Tenía mucho miedo y temblaba de solo acordarse de la aparición. Dormían en el piso en forma de batería; aunque estaba acompañado por sus 13 hermanos, se sentía solo.

Al otro día, muy temprano, se levantaron. Luego de desayunarse, fueron a la bodega por productos, cargaron la carreta junto con sus hermanos y partieron al pueblo a entregar la mercancía.

Toda la mañana Melesio se sintió inquieto. Como siempre fue con su hermano Eustorgio a dejar la mercancía al pueblo y ese día como nunca antes, le pidió a su hermano que regresaran con el sol al atardecer, no esperar el crepúsculo.

Eustorgio decidió hacerle caso a su hermano. Subieron a la carreta y echaron a andar a los bueyes. Ese día Melesio, que siempre se duerme, se fue a sentar al lado de su hermano en la parte del conductor. Para aligerar el tiempo Melesio siempre contaba chistes y era muy platicador; de hecho, era el más amiguero de todos sus hermanos, por ello Eustorgio le intentó hacer platica para que olvidara la preocupación por la señora de blanco; sin embargo, Melesio no daba señales de querer platicar.

Antes de llegar al lugar, Melesio comenzó a ponerse pálido y a temblar. Nuevamente jaló con violencia la cuerda de los bueyes para que la carreta corriera más de prisa. Eustorgio le dijo:

–Mírame, Melesio, no te voy a dejar solo. Saca tu escapulario y comencemos a rezar.

–Melesio sacó su escapulario y comenzó a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos…

De pronto, ambos advierten que los bueyes se espantan y corren más fuerte por el camino. Nada ven; pero si sienten que algo se subió a la carreta, porque se movió como si alguien o algo pesado estuviera arriba que no estaba antes.

Comenzaron a orar con más vigor. De improviso, entre el espacio que permanecía entre su hermano y él, sienten que alguien se sienta. Melesio es el primero en voltear a ver qué era. Eustorgio voltea también y la ve por primera vez. Siente en su cuerpo un escalofrío que lo deja silencioso y sus ojos se abren con desmesura al observar la belleza de la mujer de la que hablaba su hermano Melesio.

–¡Eustorgio, no la veas a los ojos! –le grito su hermano Melesio.

Esa voz lo hizo regresar a la realidad. Cierra los ojos y voltea hacia el camino.

La mujer les habla con voz angelical:

–¿A dónde van, guapos?, ¿por qué siempre andan solos?

Eustorgio, quien la veía por primera vez, entiende ahora porqué su hermano le tenia pavor. Era muy hermosa, de tez blanca y ojos que parecían del color del cielo, cabello rubio y largo, vestía con un albo traje señorial de gala y de encajes que su madre le llamaba guipur. Su edad rondaba como en los 15 o 20 años.

Eustorgio agarró valor y le grita:

–Mujer, regresa a tu mundo. No nos molestes, ve con tu amor perdido a otro lado. Ninguno de nosotros te ha hecho nada. Déjanos en paz.

–No estoy aquí porque me hayan hecho algo. Estoy aquí porque Melesio me ha gustado y va ser mi marido –replicó la fantasmal mujer.

Con voz temblorosa, Melesio le responde a gritos:

–No seré tu marido, porque no me gustas ni quiero irme con los muertos. Ve a buscar a otro lado porque no me iré contigo.

–Tú me has gustado y no me cansaré de buscarte hasta que me hagas caso y te vayas conmigo. Vas a vivir como rey y tendrás todo lo que has soñado. Serás mi marido y gozarás de este cuerpo que enloqueció a muchos hombres cuando tuve vida. Mírame, tócame, seré tuya –le dijo con seductora voz la mala mujer.

–Jamás seré tu marido, porque soy un joven que no quiere irse contigo. No me gustas ni me gustarás. Prefiero casarme con una fea; pero viva y de mi mundo –dice Melesio arrojándola.

La mujer se le sube encima a Melesio y entonces le pone frente a ella el escapulario. Eustorgio hace lo mismo con su cadena de oro que tenía una Cruz. Entre los dos gritan:

–Vete de aquí, ninguno te va amar. Si andas buscando amor, aquí no lo has de encontrar.

En un acto de valentía, Melesio le cuelga el escapulario en el cuello. La mujer se retuerce y vuela hasta pararse frente a los bueyes, que de golpe se detienen bufando enloquecidos. Eustorgio y Melesio son arrojados al suelo por la fuerza de la carreta al detenerse.

Melesio pierde el conocimiento y Eustorgio queda tirado a un lado del camino, con golpes en el brazo y algo aturdido. Se levanta de inmediato en medio de su miedo, voltea para todos lados y no la ve. Busca a su hermano, quien se encuentra de bruces al otro lado del camino. Lo recoge en brazos y en esos instantes Melesio abre los ojos llorando al ver nuevamente a su hermano.

–¿Dónde está? –pregunta Melesio.

–Eustorgio contesta:

–Se ha ido, hermano, se ha ido. Le hemos ganado, gracias a Dios. Tu valentía al ponerle en el cuello el escapulario de San Francisco la ahuyentó. Dios quiera que nunca más vuelva y encuentre el camino hacia Dios.

Desde entonces, cuenta la leyenda que gracias a esos dos jovencitos valientes nunca se volvió a ver por esas tierras de Tonatlán a la “Mujer enamorada o la mala mujer” como era llamada.


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