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San Fernando y la herencia viva de Las Candelarías

  • NOÉ JUAN FARRERA
  • 16 ene
  • 3 Min. de lectura

San Fernando.- Entre neblina tempranera, calles empedradas y el eco del tambor, San Fernando, se reafirma cada febrero como uno de los bastiones culturales más sólidos del pueblo zoque. Del 1 al 3 de febrero, las protagonistas absolutas son Las Candelarías: mujeres que, ataviadas con su vestimenta tradicional, salen a danzar no por espectáculo, sino por promesa, devoción y herencia. Aquí la danza no se improvisa; se hereda.

La celebración de Las Candelarías no es un hecho aislado en el calendario. Su raíz comienza desde el 23 de enero con el inicio del novenario, cuando la imagen de la Virgen de la Candelaria recorre casas del pueblo, fortaleciendo la organización comunitaria y la fe colectiva. Cada familia anfitriona asume un compromiso que va más allá de lo religioso: se convierte en guardiana temporal de una tradición que pertenece a todos.

La historia de esta danza femenina se remonta, según la memoria comunitaria, a alrededor de 1888, cuando doña Idelfonsa Jiménez Méndez dio origen a esta práctica que hoy suma más de 130 años de continuidad. Desde entonces, la tradición ha resistido cambios sociales, modernidades y modas pasajeras. Ha crecido en número, en organización y en proyección, pero sin perder su esencia zoque ni su profundo respeto por lo sagrado.

Uno de los pilares de Las Candelarías es su carácter exclusivo para mujeres. No es una exclusión caprichosa, sino una norma ritual profundamente respetada. Son ellas quienes encarnan la devoción, quienes danzan desde tempranas horas hasta el anochecer durante tres días consecutivos, recorriendo barrios, templos y casas. Existen dos grupos principales —el de las Muchachas y el de las Viejas— cada uno con protocolos, responsabilidades y formas propias de organización, encabezados por las punteras, figuras clave que coordinan la danza y representan al pueblo durante todo el año.

La vestimenta tradicional es otro lenguaje sagrado. El sombrero charro —que sustituyó con el tiempo al antiguo sombrero de cuatro pedradas—, las camisas bordadas en punto de cruz, las naguillas, los listones, collares y pañuelos conforman un atuendo cargado de simbolismo. Nada está ahí por adorno. Los pañuelos representan el servicio, los listones evocan el paso del tiempo y los bordados conservan la iconografía propia de San Fernando, como la Rosa de Castilla, transmitida de generación en generación por manos femeninas.

En el centro espiritual de esta celebración se encuentra la Virgen de la Candelaria, advocación mariana vinculada a la presentación del Niño Jesús en el templo a los 40 días de nacido, como lo marca la tradición católica. María acude con una vela —la candela— símbolo de luz, purificación y guía. En San Fernando, esta devoción se enlazó con la cosmovisión zoque, dando origen a un sincretismo donde la fe católica y las prácticas ancestrales dialogan en armonía. La danza honra esa luz que protege al pueblo y bendice sus caminos.

Durante los días 1, 2 y 3 de febrero, la dinámica es precisa: el primer día se visitan las casas de los priostes y los santos del pueblo; el segundo, fecha central, se honra a la Virgen de la Candelaria recorriendo imágenes marianas; el tercero, la danza llega a las casas de las punteras. Todo ocurre con orden, respeto y una organización que ha permitido que esta tradición trascienda a niveles estatal y nacional.

San Fernando no presume: demuestra. Y lo hace con calles llenas de mujeres danzando, con pozol compartido, con velas encendidas y con una comunidad que entiende que su identidad no está en el pasado, sino en la continuidad.

Cuando Las Candelarías avanzan por San Fernando, no solo se mueven cuerpos al ritmo del tambor: caminan la historia, la fe y la memoria de un pueblo entero. Mientras haya mujeres dispuestas a danzar por promesa y convicción, la luz de la candela seguirá encendida, recordándole a Chiapas —y a México— que la cultura viva no se conserva en silencio: se honra, se baila y se defiende con dignidad.

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