2026: cuando hacer “lo correcto” ya no es suficiente
- VANESSA TRACONIS QUEVEDO
- hace 7 minutos
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El 2026 no marca un punto de arranque ni un cambio repentino. Representa la consolidación de transformaciones que se han venido construyendo durante años y que hoy comienzan a definir quién puede competir, crecer y permanecer en el mercado. No se trata de una moda ni de un giro discursivo; es un cambio estructural que muchos no vieron venir, que otros subestimaron y que hoy empieza a tener efectos concretos sobre la productividad, la permanencia empresarial y la posibilidad de integrarse a cadenas de valor cada vez más exigentes.

Durante mucho tiempo, las empresas –especialmente las micro, pequeñas y medianas– pudieron sostenerse con esquemas informales, con acciones bien intencionadas pero poco sistemáticas, o con una idea de responsabilidad social más cercana a la filantropía ocasional que a la estrategia. Ese modelo comenzó a agotarse hace años, aunque no todos lo advirtieron. Hoy, el entorno económico, regulatorio y comercial exige algo distinto: evidencia, medición, comparabilidad, trazabilidad y cumplimiento.
Este cambio no ocurre en el vacío. Se refleja con claridad en la agenda pública y en la forma en que se toman decisiones económicas. Entidades como Nacional Financiera, S.N.C. (Nafin), la banca de desarrollo del Estado mexicano, han incorporado de manera explícita criterios de sostenibilidad, formalización y enfoque ambiental, social y de gobernanza (ASG) como parte de su visión institucional hacia 2026. No es un gesto simbólico. Es una señal clara de hacia dónde se mueve el ecosistema productivo del país: el crédito, la inversión y el fortalecimiento empresarial ya no se conciben sin estos criterios.
Además de NAFIN, hay un panorama más amplio de programas e iniciativas públicas y de cooperación internacional que apuntan a fortalecer la sostenibilidad, la vinculación productiva y las cadenas de valor como parte de la estrategia para 2026: esto ya no es una moda ni una política aislada de una institución, sino una tendencia integrada en el diseño de políticas públicas y financiamiento, desde instancias federales, organismos de cooperación y estrategias nacionales de desarrollo.
El mensaje es contundente: la sostenibilidad dejó de ser un valor agregado y se convirtió en un requisito. Y esto no aplica únicamente para quienes buscan financiamiento. Aplica para empresas que desean participar en licitaciones, integrarse como proveedoras, formar parte de cadenas de valor comerciales, mantener contratos con grandes compradores o simplemente no perder competitividad en un mercado que evalúa cada vez más con datos y estándares.
Este escenario tiene implicaciones profundas para estados como Chiapas. No desde el juicio, sino desde el diagnóstico. En la entidad, la mayoría de las unidades económicas son micro y pequeñas empresas, muchas de carácter familiar, con bajos niveles de formalización y con una visión empresarial orientada a la sobrevivencia cotidiana más que al crecimiento sostenido. De acuerdo con el INEGI, las micro, pequeñas y medianas empresas representan el 99.8% de las unidades económicas del país y generan más del 70% del empleo; sin embargo, enfrentan problemas estructurales de productividad, acceso a mercados y cumplimiento normativo (INEGI, 2023).
Las cifras explican parte del reto. En 2023, solo 36.5% de las MiPymes en México accedió a financiamiento formal. Las principales barreras no fueron la falta de viabilidad del negocio, sino la informalidad, el desconocimiento regulatorio y la incapacidad para cumplir con requisitos normativos, fiscales y de sostenibilidad cada vez más demandados por instituciones financieras y compradores institucionales (INEGI, 2024). En territorios con mayores brechas sociales y económicas, estas limitaciones se profundizan.
Durante años, hablar de responsabilidad social empresarial significaba “hacer algo bueno”: una donación, una campaña puntual, una acción solidaria que generaba reconocimiento inmediato. Hoy, esa lógica quedó atrás. La fotografía de la acción aislada ya no alcanza. Las empresas están siendo evaluadas por su capacidad de integrar la sostenibilidad a su operación, por la coherencia entre lo que declaran y lo que hacen, y por la posibilidad de demostrar impacto con indicadores claros y comparables.
Este cambio no es una carga adicional; es una redefinición de cómo se protege la productividad y el crecimiento. Las empresas que no se adapten a este entorno verán afectada su capacidad de competir, de sostener relaciones comerciales y de generar confianza. El Banco Mundial estima que más del 40% de las MiPymes en economías emergentes enfrenta restricciones severas no por falta de potencial, sino por no cumplir con estándares formales, regulatorios y de gobernanza que hoy son exigidos por los mercados (World Bank, 2023).
Generar desarrollo sostenible implica, entonces, hacer empresa de otra manera. Implica integrar la dimensión social y ambiental a la toma de decisiones, ordenar procesos, medir lo que se hace, corregir lo que no funciona y entender que el bienestar de las comunidades no es un tema ajeno al negocio, sino parte de su viabilidad futura. Productividad y sostenibilidad ya no son conceptos opuestos; hoy se refuerzan mutuamente.
Desde Fundación RedSalud Internacional, esta reflexión no surge desde la teoría. Surge del trabajo sostenido en territorio, del acompañamiento a comunidades, del diálogo con empresas y organizaciones, y de una convicción construida a lo largo de años: las brechas de desigualdad no se reducen únicamente con acciones asistenciales. Se reducen creando redes, fortaleciendo capacidades y generando condiciones para que quienes producen, emplean y dinamizan la economía local lo hagan de manera más sólida y responsable.
En ese contexto, RedSalud Internacional ha desarrollado un acompañamiento estratégico para las empresas que buscan adaptarse a este nuevo entorno. Orientamos procesos de cumplimiento normativo, sostenibilidad, Normas de Información en Sostenibilidad (NIS), criterios ASG y formalización, no como un ejercicio burocrático, sino como una herramienta para ordenar la operación, fortalecer la gestión y proteger la productividad. Este acompañamiento prepara a las empresas para vincularse posteriormente con esquemas de financiamiento, licitaciones y cadenas de valor, sin que dicha vinculación sea gestionada por la Fundación.

Adicionalmente, actuamos como brazo social, de responsabilidad social empresarial y de valor compartido de las organizaciones. Acompañamos la obtención de sus ISBO, necesarios para el cumplimiento de las NIS, y coordinamos esquemas de voluntariado corporativo alineados a necesidades reales de salud, bienestar social y reducción de desigualdades en los territorios donde operan. No se trata de importar modelos ajenos, sino de traducir estándares globales a realidades locales y de construir procesos graduales, medibles y sostenibles.
Este enfoque permite que la sostenibilidad deje de ser un discurso aspiracional y se convierta en una práctica verificable. En estados como Chiapas, donde hacer empresa implica enfrentar retos estructurales adicionales, este cambio puede parecer complejo. Pero ignorarlo tiene un costo mayor: quedarse fuera de los circuitos económicos que están definiendo el futuro.
Para 2026, el reto compartido no es cumplir por cumplir, sino comprender que hacerlo bien –medirlo, documentarlo y sostenerlo– es una forma de proteger el crecimiento, fortalecer la confianza y generar bienestar más allá del corto plazo. La pregunta ya no es si estos cambios nos gustan o no. La pregunta es si estamos dispuestos a prepararnos para un entorno donde la productividad, la inclusión y la salud social están cada vez más conectadas.
Desde Fundación RedSalud Internacional reiteramos nuestro compromiso de acompañar a las empresas que decidan dar este paso. La orientación es sin costo y puede solicitarse a través de nuestros canales oficiales, en modalidad presencial o en línea. Porque el verdadero desarrollo no se improvisa: se construye, se mide y se sostiene en el tiempo.
Tal vez, al iniciar este 2026, la reflexión más relevante no sea si estamos haciendo algo bueno, sino si estamos preparados para hacerlo bien, demostrarlo y sostenerlo en un entorno que ya no admite simulaciones.




