Crónica: El peso de la luz
- REDACCIÓN
- 18 dic 2025
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BEATRIZ SANTOS -EL SIE7E
A las 6:30 de la tarde del 13 de diciembre, San Cristóbal de Las Casas comenzaba a recogerse. Una lluvia ligera había dejado las calles húmedas, convertidas en espejos de las luces navideñas del centro, mientras el frío y la noche avanzaban con discreta melancolía. A unos metros del templo de Santo Domingo, detrás de una fachada sobria, se encuentra Bats’i Lab: un espacio que no solo alberga imágenes, sino que resguarda miradas. La apertura de la exposición “Imaginar lo imperceptible” de Graciela Iturbide funcionó no solo como una muestra histórica, sino también como una reflexión más amplia sobre la fotografía en Chiapas y su devenir propio.

Bats’i Lab, colectivo dedicado a promover la labor de fotógrafos chiapanecos, asumió la tarea (laboriosa y casi quijotesca) de traer por primera vez al sureste del país, una colección de 29 fotografías realizadas por Iturbide en Chiapas entre 1975 y 1979.
Impresas en plata gelatina sobre papel de algodón Ilford y montadas en marialuisas libres de ácido, las imágenes dialogan con el espacio y con el tiempo: no solo el de su producción, sino el del presente chiapaneco que las vuelve a mirar. El colectivo confesaba, entre felicitaciones y conversaciones cruzadas, su ambición de traer pronto a la fotógrafa de nuevo a estas tierras para compartir su visión y experiencia. La exposición, además de un homenaje, buscaba iniciar una conversación abierta.
Mientras algunos asistentes sostenían bebidas patrocinadas por negocios locales y comentaban la exposición, otros conversaban sobre su propia labor fotográfica; no faltaban quienes adoptaban esa pose estética tan reconocible en las inauguraciones culturales. Al fondo, en lo más profundo del recinto, un pequeño espacio que funciona como librería, área de souvenirs y galería local revelaba (o al menos así lo interpreto) algunas de las joyas locales.
Las postales ofrecían una propuesta contemporánea, pero profundamente enraizada en el sur. Un México cotidiano que no renuncia a sus significaciones simbólicas ni elude su contexto moderno. Imágenes que a través de la mirada fotográfica, permiten percibir la tensión entre tradición y presente, una de las claves de la fotografía hecha en Chiapas.
Todo lo recaudado ese fin de semana sería destinado a apoyar a una compañera fotógrafa del colectivo, gesto que reafirma que en Chiapas la fotografía también es red, cuidado y comunidad.
La exposición de Iturbide funciona como un punto de arranque simbólico para hablar de la fotografía en Chiapas, porque encarna una tensión fundacional: la mirada que llega y la mirada que se queda. Graciela Iturbide observa el mundo a hombros de gigantes (Manuel Álvarez Bravo, Henri Cartier-Bresson, Josef Koudelka), pero cuando llega a Chiapas lo hace en un momento de quiebre personal. Había abandonado el cine y cargaba un duelo profundo, una separación y un oficio apenas en ciernes. Las imágenes que produjo aquí no son un naufragio, sino un intento de tocar tierra, de reconstruirse desde la mirada.
La fotografía Duelo, tomada por Iturbide en Chiapas en 1975, condensa la solemnidad, la confusión y el sufrimiento que acompañan todo momento disruptivo en la vida de cualquier mortal. Es esta imagen la que sostiene el también emblemático fotógrafo chiapaneco José Ángel Rodríguez mientras explica, en un video proyectado en el cuarto oscuro, el proceso de revelado. Es ahí donde parece latir el corazón de Bats’i Lab.
Chiapas fue para Graciela Iturbide un umbral. Como muchos fotógrafos de su generación, su acercamiento a las comunidades indígenas se dio en el marco de los proyectos del hoy extinto Instituto Nacional Indigenista, cuya misión era ilustrar el indigenismo. El resultado fueron imágenes que oscilan entre el registro documental y la curiosidad etnográfica. Sin embargo, en estas fotografías algo desborda la consigna institucional: una conciencia del límite, una distancia respetuosa que deja espacio al misterio. En cada imagen se percibe una carga simbólica que anticipa la trayectoria futura de Iturbide y revela, al mismo tiempo, el peso que Chiapas tendría en la historia de la fotografía mexicana.
Objetivamente, la fotografía nunca ha sido del todo neutral. Transforma lo real desde el encuadre, desde la distancia o cercanía con el sujeto retratado, y por supuesto, desde los usos posteriores de la imagen.
Hablar de fotografía en Chiapas implica reconocer su vínculo histórico con la antropología. Desde los archivos de Gertrude Duby y Franz Blom en Na Bolom hasta la producción visual impulsada por el indigenismo estatal, la cámara ha sido una herramienta para construir imaginarios sobre “lo indígena”. Durante décadas, el estado fue uno de los territorios más fotografiados desde fuera; muchas de esas imágenes reforzaron arquetipos que aún hoy pesan sobre el imaginario colectivo.
Esa mirada institucional, turística y a veces exotizante persiste. Pero en Chiapas también se gestó otra cosa.
A finales de los años setenta, fotógrafos como José Ángel Rodríguez y Antonio Turok se establecieron en el Valle de Jovel y comenzaron a documentar procesos históricos clave: la colonización de la Selva Lacandona, la llegada de refugiados guatemaltecos, el levantamiento zapatista, las migraciones centroamericanas. Su trabajo combinó el documentalismo con una mirada poética y sentó las bases de una fotografía comprometida con su contexto social. Bats’i Lab reconoce esa herencia y la actualiza: no solo resguarda acervos, sino que los devuelve a las comunidades que los protagonizan, reconociéndolos como patrimonio histórico vivo.
Hoy, la fotografía chiapaneca se construye desde una cosmovisión local que cuestiona quién mira y para qué. La democratización de la cámara ha permitido que quienes antes eran solo objeto de representación se conviertan en autores de su propia imagen.
“Imaginar lo imperceptible” no es solo una exposición retrospectiva. Es una invitación a mirar de otro modo, a escuchar los silencios, a entender la fotografía no como reflejo neutral de la realidad, sino como documento subjetivo, cargado de intenciones, afectos y responsabilidades. En Chiapas, fotografiar ha sido (y sigue siendo) una manera de estar en el mundo, de acompañar procesos, de resistir al abandono y olvido, una manifestación de existencia.







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