El contador que encontró el alma en la madera
- NOÉ JUAN FARRERA
- hace 10 minutos
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Tuxtla.- En las oficinas de la Ciudad de México, el tiempo se mide en cierres contables y fríos estados de cuenta. Pero en Chiapa de Corzo, el tiempo se mide en el golpe rítmico de la madera y el aroma penetrante del aceite de linaza. Allí, entre virutas y sueños, encontramos a Saúl González Enríquez, un hombre que decidió colgar el título de contador de la UNAM para entregarse a la alquimia de crear rostros que no solo bailan, sino que respiran historia y tradición.

Saúl no nació en el taller, pero la sangre de Chiapa lo reclamó. Regresó al pueblo para acompañar a su madre tras su jubilación y fue el destino —o quizás el espíritu del Parachico— lo que lo llevó frente al taller de don Alberto González Montoya. El encuentro no fue fácil; el maestro, un hombre parco y celoso de su oficio, se negaba a enseñar. Pero la persistencia, esa misma que se necesita para domar un trozo de madera de guanacaste, abrió las puertas de una maestría que hoy marca su vida.
El aprendizaje fue un bautismo de fuego. Su primera pieza, una "chiapaneca" tallada en guanacaste, le costó no solo sudor, sino sangre. "Casi pierdo el dedo", confiesa Saúl, recordando cómo la herramienta reclamó su tributo físico en ese primer encuentro con la materia. Pero ese sacrificio fue el que selló su compromiso. Dejó de ver el tallado como un pasatiempo para entenderlo como un destino. De la mano de don Alberto y, posteriormente, de don Francisco González González, aprendió que una máscara es mucho más que un pedazo de madera: es un ser vivo.

La técnica es una danza de precisión. Se utilizan herramientas con nombres que evocan la tierra: la "media caña", la "pata de cabra" y la "plana". Maderas nobles como el nanguipo o el cedro se rinden ante el cincel, mientras que el polvillo irritante del guanacaste pone a prueba la voluntad del artesano. Pero el verdadero secreto reside en la mirada y en la piel. Saúl explica el meticuloso proceso de colocar los ojos de vidrio —a veces rescatados de antiguas técnicas con bombillas de luz— y el pulido magistral con la técnica de la vejiga de res, que otorga a la máscara esa textura de "piel de durazno" que solo los grandes maestros logran.
Para Saúl, el momento cumbre no ocurre en el taller, sino en las calles durante la Fiesta Grande de enero. Cuando el Parachico se coloca la máscara, se produce una metamorfosis. "Es una energía que no se puede explicar", dice con el brillo en los ojos de quien ha sentido el latir de los tambores y el roce de la montera. Ya no es el contador de Iztapalapa; es un guardián de la identidad chiapaneca, un eslabón en una cadena de fe y tradición que une a los vivos con los patrones difuntos.

Hoy, su taller es un refugio de color y misticismo. Cada trazo de pintura al óleo, cada pestaña colocada con esmero, es una invitación a mantener viva la llama de Chiapas. Saúl González es la prueba de que nunca es tarde para encontrar el verdadero propósito; a veces, este se encuentra escondido dentro de un tronco de madera, esperando que alguien con el corazón valiente se atreva a liberarlo.
¿Y tú, ya sentiste el llamado de la madera? Te invitamos a conocer el trabajo de Saúl, a dejarte envolver por la magia de una máscara artesanal o, mejor aún, a vestirte de Parachico este enero. ¡Comenta y comparte si la Fiesta Grande también late en tu corazón!




