El derecho al juego como una acción de resistencia urbana
- EDITORIAL
- 30 sept 2024
- 3 Min. de lectura

¿Recuerdas lo que era salir a la calle a jugar a las escondidas o a las atrapadas con tus amigas y amigos de la cuadra? Explorar nuevos parques solos, sin la supervisión adulta, hasta que el sol cayera como señal para volver a nuestras casas para repetirlo la tarde siguiente al terminar la tarea escolar. Esta fue la realidad que conocimos y con la que vivimos muchas personas que ahora somos adultas. Conocemos ese sentimiento de libertad, esa genuina felicidad de hacer de la calle nuestro patio de juegos infinito, ¿no queremos lo mismo para las niñeces de ahora. CONAPO estima que en 2024, en México existen poco más de 32 millones 39 mil niñas y niños entre 0 y 14 años, lo que representa el 24.2% de toda la población actual, es decir, poco menos de un tercio de la sociedad mexicana hoy en día son niñas y niños entre 0 y 14 años, sin embargo, su derecho al juego y a la ciudad no son respetados de manera sistemática. En Exploradores de la ciudad realizamos un análisis en los 10 municipios con más niñas y niños del país, para conocer cuál es el acceso a los parques en México a una distancia caminable de 500 metros. Los 10 municipios son: Aguascalientes, Aguascalientes; Iztapalapa, Ciudad de México; Querétaro, Querétaro; Benito Juárez, Quintana Roo; Tijuana, Baja California; Puebla, Puebla; San Luis Potosí, San Luis Potosí; Zapopan, Jalisco; Mérida, Yucatán; León, Guanajuato. Descubrimos que el 69%, es decir 980 mil 919 niñas y niños que habitan estos municipios, no tienen acceso a un parque cerca de su casa. Y quienes sí tienen acceso a un parque, se enfrentan a otras barreras. Otro caso es el municipio de Aguascalientes, el número uno con más niñeces del país, en proporción a su población, en donde cobran para poder acceder a sus parques públicos.
En Tijuana, Baja California, pareciera que prohibir el juego es una cosa menor, sin embargo, se violan otros derechos como consecuencia, cómo el derecho el de la salud, al no proporcionar las condiciones físicas de seguridad en la ciudad para que las niñas, niños y adolescentes con discapacidad puedan acceder a los centros de salud o terapias de rehabilitación. Estos obstáculos no son resultado de la discapacidad o de la edad, sino de la combinación de circunstancias socioculturales, económicas y de accesibilidad; solemos decir que son grupos vulnerables, sin embargo, es la ciudad y el entorno quienes les vulneran al no proveer las condiciones de seguridad para que puedan desenvolverse en autonomía por la ciudad. Las ciudades pueden ayudar a materializar o privar los derechos de las niñeces y de todas las personas. Hemos priorizado la velocidad y la movilidad motorizada sobre todo lo demás, violando derechos que dejan a la población y en especial a niñeces y personas adultas mayores en un estado vulnerable. Resulta, entonces, una tarea urgente examinar nuestros entornos urbanos de una manera integral, ya que cualquiera de estos obstáculos representa la privación de diversos derechos en las urbes. Estamos ante un problema mayúsculo donde nosotros, como personas adultas, vamos acotando cada vez más y más el derecho al juego y, por tanto, el derecho a la ciudad de las niñas y los niños. Se nos ha olvidado lo que es ser niñas y niños con ese sentimiento de libertad, de felicidad de correr por las calles y parques en compañía de nuestras vecinas y vecinos, descubriendo el mundo y creando lazos de comunidad. Necesitamos cambiar la forma en que moldeamos nuestras ciudades para crear espacios qué nos protejan como ciudadanos, que protejan el juego como lo más valioso que existe y nos conecta como comunidad. Estamos inmersos en un modelo capitalista que ha provocado que las personas ya no podamos imaginar una vida urbana en la que divertirse y jugar sin gastar dinero sea posible, y donde priorizamos el “bienestar” adulto, sin saber que invertir en la niñez es invertir en ciudades más saludables y felices. El juego es algo esencial en nuestras vidas, pero la vida en las ciudades va dejándolo de lado e incluso censurando aquellas prácticas que no representan la generación de capital; nos sentimos avergonzados “al no estar haciendo nada productivo con nuestro tiempo”.







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