El Siqueiros que no cabe en el muro
- Redacción
- 8 jul 2025
- 4 Min. de lectura
BEATRIZ SANTOS
En la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, donde todo resuena con solemnidad y mármol, se presentó el pasado 2 de julio de 2025 el libro Siqueiros documentado. Testimonio de un proceso creativo, una obra que no sólo analiza el pincel y la técnica, sino también la herida y la obstinación. Nos devuelve al Siqueiros menos visto: uno que no cabe en la plaza pública ni en la retórica monumentalista; uno que se volvió pintor entre barrotes y sombras, entre el exilio y la espera. Ese que pintaba biombos escénicos para los reos-actores de Lecumberri mientras la historia oficial lo convertía en prócer o en peligro.

Ante un público expectante, entre artistas, historiadores, jóvenes estudiantes y veteranos del muralismo, la doctora Irene Herner —curadora de pasiones e inquietudes, no sólo de archivos— presentó el libro con la contundencia de quien lleva tres décadas peleándose con papeles, polvo y silencios. Lo hizo acompañada de Mónica Ruiz, y entre ambas trazaron una línea de fuga: salir del bronce y entrar al cuerpo, al trazo íntimo, a la pintura de quien usó la baquelita y la piroxilina como quien improvisa una barricada.
La publicación —editada por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura con motivo del 50 aniversario luctuoso de Siqueiros— reúne 57 obras de caballete creadas entre los años más convulsos del artista: desde su encierro en Lecumberri, donde pintó biombos escenográficos para obras como "Licenciado, no te apures" (1960), hasta los años de exilio en Sudamérica y su retorno a un México donde su figura era aún incómoda. Es una recopilación de una producción privada, portátil, íntima y a menudo experimental.
La doctora Herner compartió durante la presentación que la obra es el resultado de más de 30 años de rastreo documental, entrevistas, archivos y hallazgos, entre ellos el Autorretrato con espejo (1937), perdido por ocho décadas, encargado por el músico George Gershwin —autor de Rhapsody in Blue, popular por su segmento en la película Fantasía 2000 de Disney— y localizado milagrosamente en una casa neoyorquina, como quien regresa de una amnesia.
También apareció La peladita (1958), una figura femenina distorsionada y poderosa, hecha en piroxilina —usada como base en lacas, barnices y esmalte de uñas— sobre masonite —parecido al MDF o triplay, pero más flexible y delgado—, que resume la tensión entre cuerpo, técnica y símbolo que Siqueiros exploró con vehemencia.
No es un libro que embalsama, sino uno que hurga. Que dice: miren esto que Siqueiros escondía. Miren esta ternura tosca, esta violencia bellísima, esta contradicción viva.
La doctora Herner habló de la necesidad de crear un catálogo analítico en línea de la obra completa de Siqueiros, para evitar que la mitad de su legado se evapore entre coleccionistas distraídos y acervos incompletos. Cientos de piezas aún no se han rastreado. Muchas están en colecciones privadas, otras no están acreditadas, y su legado podría perderse si no se sistematiza con rigor. Su propuesta no es nostálgica, es política: recuperar a Siqueiros es un acto de Estado, pero también un deber cultural.
En México se ha reducido a Siqueiros a su faceta de soldado, comunista o incendiario del lenguaje político. El libro Siqueiros documentado propone ser una vuelta de tuerca: se desmonta el estereotipo del artista combativo para revelarnos al artista profundo, complejo, lúdico, incluso lírico. Los nueve capítulos del libro agrupan las obras bajo títulos tan humanos como políticos: Visiones de niños, Mujeres de México, Bailarinas, Lo grotesco, Árboles y flores, Imágenes del pueblo. Hay en cada uno una escena, un ensayo visual de cómo Siqueiros veía el mundo con los ojos llenos de conflicto, sí, pero también de ternura, asombro y contradicción.
Lo que durante décadas se llamó “obra menor” o se juzgó como “bocetos” —por ser de caballete, por ser íntima, por no caber en Reforma o Chapultepec, o debido al cerco del propio discurso de Siqueiros— ahora se alza como una corriente subterránea de su estética: la del gesto rápido, la del color dolido, la del ensayo plástico que no necesitaba permiso.
El libro plantea colocar sus obras bajo un nuevo lente. Se propone recalcar la inteligencia cromática y la narrativa plástica animada. La doctora Herner revela en su libro a un Siqueiros adelantado a su época: uno que pensó en pintura animada, en narrativas fílmicas dentro del mural —antes de que el arte contemporáneo se diera cuenta de que la técnica también podía ser una disidencia—, en reproducibilidad mecánica —antes de que Warhol popularizara el concepto silkscreeneando a Marilyn—. El artista moderno y radical, más allá del muralismo monumental.
El evento terminó como suelen terminar las cosas importantes: sin aplausos excesivos, pero con una incomodidad clara. Como si el Siqueiros íntimo acabara de entrar a la sala, despeinado, vehemente, y dejara a todos sin saber dónde poner las manos.
Este libro no es un homenaje de aniversario, sino una sacudida amorosa al canon; un llamado a mirar con otros ojos a un artista que, aunque hablaba de masas, también hablaba consigo mismo cuando nadie más lo oía, cuando estaba encerrado, o exiliado, o perdido en los márgenes. Leerlo es quitar el bronce y dejar la piel.
Siqueiros documentado. Testimonio de un proceso creativo, ya disponible en formato físico en librerías y plataformas digitales. Una obra necesaria para leer al artista no desde su estatua, sino desde sus cicatrices. Una voz más íntima del más estruendoso de nuestros pintores.








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