• AFP

Estamos en un mundo de impunidades


Veamos a la impunidad como un producto. Imaginemos una línea de producción de donde sale al final algo llamado impunidad. Entendamos lo siguiente, primero que nada: la impunidad se construye. ¿Eso qué quiere decir? Que hay personas, reglas y prácticas alineadas para producirla, es decir, no es un error o un evento fortuito; es un resultado producto de procesos que funcionan para eso. La impunidad resulta de la repetición de cierta manera de hacer las cosas. Y las cosas se hacen de cierta manera porque existen lo que llamamos incentivos. Un incentivo es algo que impulsa a hacer las cosas en un sentido y no en otro. Como sucede con las decisiones que cada quien toma todos los días para hacer algunas cosas y no otras. La impunidad está incentivada por las personas, las reglas y las prácticas en los lugares donde se manufactura. Pero no es tan fácil como simplemente decir “construyamos impunidad”. Es mucho más complejo que eso porque la impunidad está formalmente censurada. Es decir, según las normas, la impunidad no debe ser; entonces nadie anda diciendo “construyamos impunidad”; pero aquí es donde los incentivos dominantes intervienen a favor de ella. Son más fuertes los incentivos a favor que en contra de la impunidad y por eso la censura formal es neutralizada. Para entender esto con precisión se requiere analizar las conductas concretas que manufacturan la impunidad: por ejemplo, entender los interminables trámites burocráticos que por millones -no exagero- hacen las policías y las fiscalías por todas partes y a través de los cuales simulan actividades de investigación. Qué tanto producen impunidad porque es lo único que saben hacer, qué tanto porque es una política intencional y qué tanto porque no tienen manera de producir otra cosa, aunque quieran, eso es justamente lo que responde el análisis de los incentivos concretos en cada caso, los cuales se desnudan con el microscopio adecuado. Ojo al factor tiempo: cualquier conducta personal o institucional repetida de manera prolongada al paso del tiempo representa la apropiación de esa conducta. Si la impunidad se prolonga por encima de los cambios en las leyes, así se confirma su fortaleza. Y la fortaleza de esos incentivos incluye la resistencia a hacer las cosas de otra manera. Aquí entran preguntas mayores: qué gana quién con la impunidad, lo cual también se logrará contestar solo si se pone ese microscopio a las conductas concretas en sus contextos específicos. Entonces estamos en medio de un tremendo embrollo porque esas instituciones han aprendido a protegerse a sí misma para seguir haciendo lo que saben hacer. El equilibrio es “perfecto” mientras no haya algo suficientemente fuerte para romperlo. La línea de producción de la impunidad no es revisada por nadie con incentivos diferentes, por eso se mantiene al paso del tiempo. ¿Qué rompería ese equilibrio? En teoría, la rendición de cuentas; pero ésta se encuentra apagada justo para no alterar dicho equilibrio. Están vacunadas esas instituciones para debilitar o anular cualquier anticuerpo que pueda dañar la impunidad.

¿Qué hacemos? Primero, dejar de esperar cambios haciendo lo mismo. Segundo, invertir en el desequilibrio del proceso de producción de impunidad, lo cual solo puede venir de la presión externa a ese entramado de incentivos institucionalizados que gobiernan la maquinaria. La carga del cambio entonces se traslada hacia quienes no tienen incentivo alguno a favor de la impunidad. Ya sabemos, ni las reformas legales ni las reorganizaciones institucionales -que se han hecho sin parar han trastocado ni trastocarán la impunidad. La cadena de producción no se ajustará con cambios formales, solo lo hará con la transformación de las prácticas y eso implica reconstruir todo el sistema de incentivos. Desde adentro entiéndase bien, el oxígeno para la impunidad está garantizado.