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La vida no tan secreta del perro mexicano

  • REDACCIÓN
  • 28 jul 2025
  • 5 Min. de lectura

BEATRIZ SANTOS


Si hay una figura constante, entrañable y silente en la estética nacional es la del perro. No es exageración: su presencia atraviesa nuestra historia, nuestra idea de muerte, nuestra idea de amor.

A veces México se comprende mejor si uno sigue a un perro.

Lo digo sin ironía, ahí donde el Estado o la sociedad falló, donde la calle arde, donde el alma necesita consuelo o el cuerpo un amigo que no juzgue, aparece un “lomito”. Con cicatrices o con un moño, con ojos de resignación o con orejas puntiagudas.

El pasado 21 de julio se celebró el “Día del Perro”, y aunque muchos lo celebraron con bocadillos o fotos en redes, lo cierto es que para México, esta fecha debería ser más que un gesto tierno, debería ser una oportunidad para mirar de frente nuestra relación estética, cultural y ética con los perros. Más aún, si consideramos que apenas hace unas semanas, Chiapas dejó de ser el último estado de la república sin ley contra el maltrato animal. Tardamos demasiado en pasar del símbolo al cuidado, de la alegoría al respeto legal.

Difícil entender la estética mexicana sin ellos.

Antes de ser meme o mascota, el perro fue guía del alma. En la cosmovisión nahua, el xoloitzcuintli no era compañero doméstico; era el encargado de cruzar a los muertos por el río del inframundo.

El dios Xólotl —mitad hombre, mitad perro— no era otra cosa que la encarnación del dolor, resguardo y transformación. Para los mayas, el perro guiaba almas en su paso por Xibalbá; para los mexicas, Xólotl lo hacía hacia el Mictlán. Hoy, los binomios caninos —como la otra entrañable Frida mexicana— invierten ese viaje: guían a los vivos fuera de la muerte. En esa dupla de humano y perro que rescata entre escombros, late una alegoría de Xólotl, no como dios del ocaso, sino como la unión de manos y patitas que escarban en la oscuridad y devuelven una última esperanza.

Con la conquista, pasó de ser simple accesorio europeo, presente en retratos novohispanos como un emblema de fidelidad o estatus. Pero el perro se deslizó en lo cotidiano, asomándose a la cultura popular, persistiendo como compañero del jornalero.

Se transformó en ese símbolo persistente del pueblo llano, del que no traiciona aunque todos lo abandonen.

En el siglo XX, el arte reclamó al perro como símbolo. Frida Kahlo acariciaba a sus xolos con las manos en su casa azul, o con los pinceles en sus autorretratos, donde los elevaba a guardianes de su dolor. Las fotos de Lola Álvarez Bravo atestiguan ese vínculo mutuo: el afecto de Frida hacia sus perros y la fidelidad con que ellos la acompañaban. Rufino Tamayo vio en el perro al aullador de mundos: figura de transfiguración e instinto. Francisco Toledo los volvió imagen del afecto, el mito y la conexión simbiótica con la naturaleza. Jorge González Camarena los representó como emblema de lealtad protectora, merecedores de estatus artístico. Todos pintaron al perro como reflejo de lo humano.

Y si miramos más allá del lienzo, el perro también habita el lenguaje. En la expresión mexicana: insulto, compasión o “guasa”.

También inspira la música. Para El Tri, es el México marginal; para Kabah, compañía entre la ternura y el humor; para Porter, un símbolo pegajoso que refuta al humano. En la calle, los refranes —“vida de perro”, “perro que ladra no muerde”— lo sostienen como eje del habla popular.

En la literatura, el perro se escucha en los ladridos que envuelven Comala, ese limbo creado por Juan Rulfo. Camina humilde y noble al lado de Julián en “Mi caballo, mi perro y mi rifle”, de José Rubén Romero. Y en la historieta “La familia Burrón”, Wilson encarna con simpatía e ironía la vida de barrio.

El perro, en México, no es periferia: es columna vertebral emocional de nuestra cultura.

Pero quizá donde el perro ha mordido más hondo es en el territorio dolido. El Monumento al Perro Callejero en Ciudad de México es de confesa culpa colectiva. La escritora Beatriz Meyer los retrata como habitantes olvidados, otras víctimas de la negligencia y la invisibilidad social.

Según estimaciones de la Asociación de Médicos Veterinarios Especialistas en Pequeñas Especies (AMVEPE) en 2023, en México hay más de 28 millones de mascotas, pero solo tres de cada diez tienen un hogar. El resto —casi 20 millones— sobrevive en situación de calle. Cada año esa cifra crece, y también lo hace la violencia que los atraviesa: mueren envenenados, usados en peleas, atropellados, torturados por odio o aburrimiento.

Decir “es sólo un perro” es negar una parte de nosotros mismos, porque el perro nos ve cuando nadie más lo hace. Nos sigue incluso cuando no merecemos compañía.

En “Amores Perros”, Iñárritu convierte a los perros en ejes de tragedia, redención y violencia. Richie, atrapado bajo el suelo, simboliza a quienes viven sofocados bajo el peso de su apariencia y estatus. Cofi, perro de pelea vuelto asesino, encarna al hombre violentado que sólo aprendió a morder. Y la jauría del Chivo, ese lugar seguro que había construido para él y del cual eventualmente se verá despojado por la violencia normalizada y aprendida.

Lo excepcional de la cinta —sin ánimos de spoiler— es que, tras la masacre, el Chivo no se lanza al ciclo habitual de venganza y violencia. Encuentra, en un perro traicionado y enseñado a sobrevivir, su propio reflejo… y la excusa para regresar a su humanidad.

Los perros, aquí, no son sólo compañía: son espejo de nuestras heridas. Y a veces, el perdón también tiene cuatro patas.

Pero no todo es alegoría. Están los cuerpos reales: los que mueren de hambre o envenenados, los que habitan techos, baldíos y calles calientes.

Están también quienes los han amado hasta el último aliento. En Tuxtla Gutiérrez, figuras como Don Rogelio Gómez o Don Rubén Montesinos lo dieron todo por los perros. Don Rogelio, en silla de ruedas durante años, cuidó a decenas de lomitos que adoptó, dándoles de comer antes de servirse a sí mismo. Su perra Rexy fue su sombra hasta la muerte. Don Rubén, el “señor de los perros”, vivió entre láminas y ladridos a sus más de ochenta años; destinaba cada peso para alimentar a sus “Panchitos”. La comunidad le reconstruyó la casa y lloró su partida. Ellos murieron, pero su recuerdo está en los barrios. Porque el perro también es comunidad, y en un país sin muchos héroes, ellos fueron emblemas de lo que podría ser la heroica compasión cotidiana.

Por eso era de extrañar que Chiapas fuera el último rincón del país donde golpear, quemar, abusar o abandonar a un perro no implicara castigo. La ley es un triunfo, pero también evidencia que, por años, se toleró la crueldad como si fuera parte del paisaje. Como si los aullidos dolieran menos por ser comunes. Ahora hay cárcel, multas, inhabilitación. Tarde, pero al menos hay una generación de legisladores que busca ponerse en sintonía con la voz y los valores de una mayoría social que ya no es permisiva con el maltrato.

Es apenas un comienzo; la sociedad aún no sabe a qué número llamar, los policías aún no están capacitados, pero algo ha cambiado. Una victoria que busca cambiar el pacto cultural. Porque donde se protege al perro, se protege el vínculo más básico: el de cuidar al otro sin esperar nada a cambio.

Tal vez por eso duele tanto cuando se les maltrata, porque al hacerlo, algo dentro de nosotros también se quiebra.

El perro ha sido puente al inframundo, compañero del hambriento, símbolo artístico, consuelo postapocalíptico. Hoy, sigue siendo guía del alma mexicana hacia su propia dignidad.

¿Quiénes seríamos sin su mirada confiada?

En un país donde la violencia se normaliza y la ternura se reprime, los perros nos enseñan a ser mejores humanos.

Ojalá un día podamos estar a su altura.

Aunque sea por un rato.

Aunque sea en la próxima caricia.

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