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Maduro madura su permanencia

Miguel Tirado Rasso


En un clima complicado, la semana pasada Nicolás Maduro asumió su segundo mandato de seis años al frente del gobierno de Venezuela. Ese personaje que, cuando candidato, durante su primera campaña por la presidencia de su país, en 2013, afirmara que el espíritu de Hugo Chávez se le había aparecido en forma de “pajarito chiquitico” para darle su bendición y alentarlo a ir por la victoria. Y pues sí, Maduro ganó entonces la elección para suceder y completar el período presidencial del presidente Chávez, quien falleciera a principios de aquel año.

Conviene recordar que Hugo Chávez llegó a la presidencia de este país sudamericano en 1999 y que, cuando murió, estaba iniciando su cuarto período presidencial, lo que, de no haberlo sorprendido la muerte, le habría permitido permanecer, por lo menos, casi un cuarto de siglo al frente de los destinos venezolanos, en pleno siglo XXl. Algo nada recomendable para cualquier país con aspiraciones democráticas y un antecedente a considerar en el proyecto político del presidente Maduro, que parece seguir los pasos reeleccionistas de su antecesor.

El triunfo electoral de Nicolás Maduro, en su primera candidatura, no fue fácil. Ganó por una diferencia de sólo 223,600 votos. 1.49 por ciento de ventaja sobre su contrincante Henrique Capriles, en unos comicios en los que la participación de votantes fue elevada. Casi el 80 por ciento de electores del padrón acudió a las urnas.

En esta ocasión, las cosas fueron muy diferentes. En efecto, mientras que en la elección de 2013 no hubo restricción para la participación de candidatos, esta vez a varios candidatos y partidos políticos se les impidió contender, de tal suerte que Maduro no tuvo competencia enfrente, por lo que su triunfo estaba asegurado. El abstencionismo caracterizó esta elección, pues sólo menos de la mitad del padrón electoral (46 por ciento) emitió su voto, siendo la votación más baja de los últimos tiempos. Eso sí, Maduro ganó por una cómoda diferencia de 4 millones de votos sobre su más cercano competidor.

Algunos expertos señalan que esos comicios están afectados por vicios de origen al haber sido convocados por la Asamblea Nacional Constituyente, cuando le correspondía hacerlo al Consejo Nacional Electoral, como lo ordena la Constitución. Además de irregularidades como el poco tiempo contemplado en la convocatoria, un mes y medio de antelación, cuando debiera haber sido, al menos, seis meses antes de la elección.

El hecho de que Maduro haya protestado el cargo ante el Tribunal Supremo de Justicia y no ante la Asamblea Nacional, como lo establece la Carta Magna, resulta otra irregularidad. Y es que, en su ánimo de neutralizar al poder legislativo, que controla la oposición, el presidente declaró en desacato a la Asamblea, a partir de una sentencia emitida por el Tribunal Supremo, en 2016, que anula todas las decisiones de esa cámara. Una burda maniobra para acabar con el único contra peso que existe para el gobierno de Maduro.

La economía del país atraviesa por su peor momento, con una inflación, inconcebible, de ¡1millón 600 mil por ciento anual !, 4 por ciento diario. “Con esta cifra, Venezuela se convierte en uno de los tres países con la inflación más alta en la historia del mundo”, habría tuiteado el presidente de la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional. La recesión económica ha dejado sin productos de primera necesidad a la población y se habla de que más de dos millones de personas han emigrado del país.

Ante este panorama, Nicolás Maduro se defiende alegando que esta crisis es resultado de un complot de sus detractores de dentro y de fuera para derrocarlo. Lo cierto es que efectivamente hay presiones para que este mandatario se abra a la democracia y permita una competencia sobre piso parejo. En este sentido, el Grupo de Lima, integrado por catorce países latinoamericanos, con excepción de México (Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Guyana y Santa Lucía), la Organización de Estados Americanos (OEA), la Unión Europea y los EUA, entre otros, se han negado a reconocer la validez de las últimas elecciones presidenciales y consideran ilegítimo el gobierno de Maduro, demandándole la celebración de nuevas elecciones, libres y transparentes. Algo que, obviamente, este político no aceptará.

Nicolás Maduro no la tiene fácil, pues cada vez se suman más naciones de la comunidad internacional a la censura a su gobierno y a sus maniobras para mantenerse en el poder. Internamente, tampoco tiene tranquilidad, pues no se ve una pronta solución a los problemas económicos, políticos y sociales que, en cambio, cada vez, se complican más.

Algo le ayuda el hecho que la oposición no ha logrado armar un frente unido ni organizar una ofensiva estructurada. Sin embargo, el deterioro económico terminará por agotar la paciencia del pueblo venezolano, lo que le restará apoyos y simpatizantes. Entonces al sucesor de Chávez no le quedará otro camino que la fuerza para sostenerse y, eso, más pronto que tarde, precipitará su caída.

mitirasso@yahoo.com.mx

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