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México ante el Mundial

  • EDITORIAL
  • hace 8 minutos
  • 2 Min. de lectura

México se prepara para convertirse nuevamente en anfitrión del mundo. La cercanía de la Copa Mundial no solo activa planes de infraestructura, turismo y promoción internacional, sino que también obliga a mirar con seriedad el estado real del país. Porque detrás de los reflectores, los estadios y las campañas oficiales, persisten problemas estructurales que no pueden seguir postergándose. En el terreno económico, el país llega al Mundial con estabilidad relativa, pero con fragilidades profundas. Si bien se habla de control inflacionario y fortaleza del peso, la realidad cotidiana es distinta para millones de familias. El crecimiento económico ha sido insuficiente para reducir la desigualdad, la informalidad laboral sigue dominando amplias regiones y los salarios continúan sin alcanzar para cubrir necesidades básicas. En este contexto, la organización del Mundial despierta una pregunta incómoda: ¿quién se beneficiará realmente de esta fiesta global?. El riesgo es repetir la historia de otros grandes eventos internacionales: inversiones concentradas, beneficios para unos cuantos sectores y una derrama económica que no llega a las comunidades más vulnerables. Si el Mundial se convierte solo en un negocio y no en una estrategia de desarrollo, el saldo será positivo en números, pero negativo en justicia social. En materia de salud, el panorama es aún más preocupante. El sistema sanitario mexicano arrastra carencias históricas que se han profundizado en los últimos años: hospitales sin equipamiento suficiente, escasez de médicos y enfermeras, largas listas de espera y un desabasto de medicamentos que afecta especialmente a quienes padecen enfermedades crónicas. Frente a un evento que atraerá a millones de visitantes, la pregunta no es si México puede atender emergencias internacionales, sino si está atendiendo con dignidad a su propia población. Un Mundial exige capacidad de respuesta inmediata, protocolos sólidos y una red de atención médica eficiente. Sin embargo, en muchas regiones del país, la atención médica sigue dependiendo de la improvisación y del esfuerzo individual del personal de salud, más que de una política pública sólida y bien financiada. La paradoja es evidente: mientras se construyen o remodelan estadios, hay hospitales que esperan mantenimiento básico; mientras se promueve la imagen de un México moderno y hospitalario, millones de ciudadanos enfrentan servicios públicos deteriorados. Esta contradicción podría convertirse en un costo político y social si no se atiende a tiempo. El Mundial debe ser algo más que un espectáculo. Tiene que convertirse en un pretexto para hacer lo que por años se ha postergado: invertir con visión social, fortalecer los sistemas públicos, reducir desigualdades y garantizar derechos. No se trata solo de quedar bien ante el mundo, sino de responderle a la ciudadanía. México no necesita un Mundial perfecto en imagen, sino uno responsable en fondo. Porque cuando se apaguen las luces del estadio y se vaya el último aficionado, lo que quedará será la realidad cotidiana del país. Y esa no se puede maquillar con goles ni ceremonias.

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