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La aventura de ser mamá: Semana Mundial de la Lactancia Materna

  • ALEJANDRA OROZCO
  • 3 ago 2025
  • 3 Min. de lectura

La primera semana de agosto, se dedica a la promoción de los beneficios de la lactancia materna, considerada como la primera vacuna de todo bebé, un acto de amor, conexión y más que eso, un superpoder exclusivo de las mamás, el sentir que produces oro líquido, que es capaz de alimentar, nutrir y hacer crecer a un ser vivo que se formó dentro de ti, y puedes seguir protegiéndolo con tu sangre una vez que nace.

Lamentablemente, las estadísticas arrojan que solo 3 cada 10 niños y niñas en nuestro país reciben lactancia materna exclusiva durante sus primeros seis meses de vida, cuando para 2030 se espera llegar al menos a sie7e de cada 10, y es que hay muchos mitos y miedos en torno a esta práctica que ha sido incluso ancestral, que en un mundo de practicidad y prisas, se va dejando de lado.

Mi experiencia con la lactancia materna en general fue buena, tuvo sus retos y momentos de desesperación, pero nada que una mamá no pueda superar, recuerdo que cuando nació Elisa, yo pensaba que se iba a agarrar súper fácil y todo iba a fluir… pero no. Ni ella se agarraba bien, ni mis pechos produjeron leche de inmediato, el primer día me desesperé porque apenas y me salió una gotita de calostro, y le di fórmula para que durmiera y no pasara hambre.

Aunque las enfermeras me trataban de decir cómo ponérmela, tampoco es como que fueran muy explícitas, pese a que era un hospital particular, entonces obviamente nos vendieron la lata de fórmula (carísima, por cierto), pero creo que fue la primera de dos únicas veces que recurrí a prepararle un biberón de leche en polvo.

Llegando a casa, me la seguí pegando y pegando, la leche comenzó a fluir poco a poco, al final de la primera semana ya la podía alimentar pero a costa del dolor, pues tenía un mal agarre y me lastimaba, esas primeras noches fueron muy difíciles, de lágrimas, de dolor, ardor, sangre y heridas abiertas, literal, todo eso pudo evitarse con una buena asesoría, o si hubiera confiado un poco más en mí.

A pesar de ello, yo recomiendo a toda nueva mamá que conozco la lactancia materna 100 por ciento, porque una vez que le agarras la onda, es el mejor alimento que les puedes dar: es natural, es gratis, no contaminas, no generas basura, no tienes que lavar biberones ni cargar con ellos, donde al bebé le de hambre, su alimento ya está listo, es cuestión de colocártelo y asunto arreglado.

Precisamente, este año la celebración gira en torno a la lactancia materna como una forma de alimentación sustentable, pues debido a lo antes comentado, reduce la contaminación, la huella ecológica y combate el cambio climático, gracias a Dios no tuve ningún problema de alergia a la proteína de la leche de vaca, y en un principio sí me restringí muchos alimentos, pero luego me informé y supe que podía comer de todo, y que la producción dependía de qué tanto me la pegaba al pecho, no de tés, levaduras ni atoles.

Fueron cuatro años seguidos los que estuve lactando… primero a Eli, cuando nació Reno a las dos al mismo tiempo, luego comencé a presentar agitación por amamantamiento con Elisa (esto es, cuando se ofrece lactancia a dos bebés al mismo tiempo, conocida como tándem, se tiende a rechazar al mayor, ya sea por incomodidad, por la presencia de dientes, o por algún tipo de efecto psicológico que aún no comprendo pero es real), así que se lo tuve que quitar y quedarme amamantando solo a Renata, en promedio sí les di pecho sus primeros dos años a cada una, cumplí mi misión.

Y es que esta experiencia debe terminar tan maravillosa como lo que es, saber cuándo decir hasta aquí por bien propio y del bebé, yo sentía que ya no podía más, Renata era muy demandante, yo me extraía y ya no me sacaba nada, y no me daba el tiempo para seguir lactando, además de que Renata sí aceptó la fórmula que le daban en la guardería, y ya solo complementaba en casa, más por el apego que en realidad por hambre.

En resumen, soy fiel partidaria de promover la lactancia materna, si pudiera lo volvería a hacer, con más paciencia, atesorando más esos momentos de conexión, siendo consciente de cómo mi cuerpo produce alimento que ninguna fórmula puede mejorar, y es tan bonito el recuerdo, que lo inmortalicé en un dije hecho con lo último que pude extraerme.

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