¿Violencia y poder?
- EDITORIAL
- 29 ago
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No hay que confundir poder con violencia, A la luz de recientes sucesos en el Congreso de la Unión, parece necesario recalcar que vivimos en un entorno profundamente violento. Lo vemos a diario en las noticias y lo vivimos cotidianamente en casa, en la calle, en las escuelas. Somos testigos de un crimen organizado que mutila cuerpos como mensaje, de hombres que golpean a sus parejas, de trifulcas afuera de los antros y enfrentamientos violentos en las barras de equipos deportivos, de abusos de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad, encontrones entre automovilistas y ciclistas, riñas estudiantiles que se hacen virales en redes sociales, de legisladores golpeándose en el Congreso de la Unión. Legisladores golpeándose en la tribuna del Congreso de la Unión; como si su investidura no cargara con la enorme responsabilidad de poner un ejemplo de cara al país que dicen representar. Lo que se vio en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión es símbolo de un cáncer en metástasis: confundimos el poder con la violencia. Nuestros representantes populares, los que se violentaron verbalmente, los que se golpearon físicamente, y los que corearon a gritos mientras aquello sucedía, son, sin excepción, cómplices de fomentar la percepción que tenemos como sociedad de que la violencia es un derecho intrínseco del poderoso, que la podemos utilizar para imponer nuestra voluntad. Se nos cuela por todos lados, la violencia se ha hecho de su propia estética y lenguaje. Sin embargo, es un medio instrumental, siempre orientado a un fin. No crea nada por sí misma, solo puede destruir e imponerse temporalmente. Es recurso de los frustrados, de quienes ante la falta de poder recurren a imponer su voluntad por la fuerza. Es, como tal, símbolo de debilidad. El presidente de la Comisión Permanente del Congreso mexicano, Gerardo Fernández Noroña, informó este jueves que ya interpuso una denuncia penal ante la Fiscalía General de la República (FGR) tras el altercado en tribuna que terminó en empujones y manotazos; además, adelantó que el órgano legislativo discutirá una resolución para condenar la violencia en su contra. Fernández Noroña explicó que tanto él como el trabajador Emiliano González formalizaron la denuncia ante la FGR, debido a que las agresiones ocurrieron en un recinto federal y contra funcionarios públicos, lo que configuran delitos graves. El senador Fernández señaló que será el Ministerio Público Federal quien determine si decreta medidas precautorias de protección y si existen elementos para un eventual desafuero. “Yo espero que eso suceda, yo creo que nosotros no debemos dejar pasar un hecho tan grave, me parece que se sentaría un precedente muy delicado”, declaró el legislador oficialista. El debate sobre las agresiones se trasladará al pleno de la Permanente, que deberá pronunciarse formalmente sobre los hechos, mientras la Fiscalía analizará las denuncias para decidir las medidas precautorias y el curso de la investigación penal. No se educa a golpes, ni a gritos, ni a jaloneos; porque la violencia no mejora, no construye. El verdadero poder surge de la legitimidad y los consensos. Es relacional. Frente al poder verdadero la violencia sale sobrando. Por lo mismo, no podemos eximir a ninguna de las partes. Responsables son tanto los provocadores como los provocados, al que le quede el saco. En sus formas prepotentes y polarizantes, nuestros legisladores se olvidan cotidianamente de la necesidad inaplazable de construir salidas pacíficas a nuestros conflictos. Ayer se les salió de las manos. Tanto a quienes controlaron la sesión a su gusto, como a los que asumieron que eso era un pretexto válido para sacar su coraje a pasear. Al no poder, valga la redundancia, imponerse de forma pacífica y consensuada su opción fue recurrir a la violencia. En respuesta a lo sucedido no hubo quien saliera a pedir disculpas. Todas las partes han optado por jugar a ser víctimas. Ante los insultos a gritos y las imágenes de personas pateadas mientras estaban en el piso, nadie ha tenido la altura de reconocer el enorme error que es decirle a los y las mexicanas que la violencia tiene cabida en el escenario del poder. La cobertura mediática se sumó, en su gran mayoría, a esta narrativa. No faltó aquel que buscara quien pegó más o mejor, se calificaron las acciones en grados de cobardía o valentía. Se trató la forma; tan cabalmente hemos normalizado la agresión que se dejó de lado la condena del uso de la violencia como tal.






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