• ALEJANDRA OROZCO

La aventura de ser mamá: Mi mejor y mi peor versión

Tuxtla.- El pasado viernes, me tocó salir de la ciudad para cubrir la llegada del cuerpo de Julio, uno de los dos chiapanecos que lamentablemente perdieron la vida en el desierto de Texas, lo cual me orillaba a viajar más allá de La Trinitaria, fue un viaje de último minuto, pues hasta esa misma madrugada no se sabía bien a dónde llegarían sus restos.


Lo primero que pienso cuando tengo que viajar es en mis hijas obviamente, porque implica estar fuera de la ciudad por muchas horas y tengo que ver quién me las pueda cuidar, sobre todo porque tengo hora de ida pero no de regreso, y no me puedo confiar en volver en cierto horario porque no sé con qué me voy a topar.

Para no hacerles el cuento largo, muy muy cerca del lugar en que me encontraba con colegas de otros medios, se registró un enfrentamiento armado, motivo que nos urgió a regresar rápido, casi casi huyendo de la situación para no toparnos con ella o para evitar quedar atrapados por el bloqueo carretero, y en esos 15 minutos que nos tomó salir de la comunidad hacia la carretera, yo solo venía pensando en una cosa: en volver a abrazar a mis hijas.

Ya una vez lejos de la zona de conflicto, sentí como me iba regresando el alma al cuerpo tras analizar el peligro al que nos expusimos, en pensar lo que hubiera pasado si nos hubiéramos tardado media hora más o si se nos hubiera hecho tarde, y recordé que en la mañana, Rodrigo me dijo: tranquila, pase lo que pase las niñas van a estar bien, pero me puse a imaginar no volverlas a ver y no sentía más que agradecimiento por estar sana y salva.

Llámenme exagerada, pero nunca había estado tan cerca de un riesgo tan grande, y ese viaje en carretera de regreso me hizo poner en perspectiva muchas cosas, entre ellas qué papel estoy haciendo como mamá, qué tan buena o mala madre soy y si mis hijas me extrañarán si un día cercano les hago falta.

Para empezar, si no fuera mamá, me hubiera ido a cualquier hora y sin importar a qué hora iba a regresar, solo pensando en la chamba y en la adrenalina de estar tan cerca del conflicto, ahora eso me horroriza, no tanto por lo que me pueda pasar a mí, sino por pensar en dejar solas a mis hijitas, a las que veo tan chiquitas, y pensar en que nadie está exento a morir en cualquier momento, aunque no parezca justo.

Ser mamá definitivamente ha sacado mi mejor y mi peor versión, me ha retado en todos los sentidos, me ha hecho caer muy bajo y también impulsarme del fondo para ser una mejor persona, no puedes simplemente quedarte en el mismo lugar y no moverte de ahí, porque tus hijos te necesitan y no a medias, sino dando la mejor versión de ti.

Me he visto frustrada, pegándome de topes -literal- porque tiré la comida de Renata mientras intentaba dársela y ella manoteaba; alejando a Elisa abrupta y bruscamente porque me dio agitación al amamantarla y ya quería que se alejara de mi; gritarle a Eli cuando tiene una crisis, sin recordar que ella apenas está aprendiendo a regular sus emociones y sin poder regular las mías.

He estado cansada, agotada y de malas, gritándole a mis hijas porque tengo hambre y todavía no puedo cenar, con ganas de jalarle el pelo a Elisa porque no me obedece, sangoloteando a Renata en vez de arrullarla porque no deja de llorar, peleando con Rodrigo solo porque a veces es demasiado agotador ser mamá… no me enorgullezco en admitirlo, pero me ha pasado.

Pero también ha habido veces en las que estoy porteando a Renata mientras le sirvo de comer a Elisa, y entre esos malabares medio como yo también, o cuando traigo a una niña en brazos y a la otra de la mano, o el día que tuve que amarrar a Reno al cambiador mientras ponía el asiento infantil en el baño de la guardería y al hombro traía pañalera y lonchera.

O cuando me pongo a una en cada pecho para que no lloren al mismo tiempo, o las veces que me duermo a las 2 y me despierto a las 5 para poder extraerme leche y aún no dejar a Reno en manos de la fórmula, o cuando me doy una escapada entre nota y nota para verlas en vez de tomarme un break, y pienso que nunca me imaginé en esa situación.

Desde el momento en el que me sometí a la primera cirugía en mi vida, dejando que me metieran una agujota en la columna, supe que estaba por enfrentarme al reto más grande de mi vida, pero que también sería el acto más grande de amor bien correspondido y que estaba a punto de experimentar el amor incondicional y la entrega absoluta.

Me siento una superheroína cuando escucho a Elisa gritarme “mami”, cuando me dice que me ama mucho y me extraña o se acerca a darme un beso de la nada, o el momento en que voy por Reno a la guardería y se le iluminan los ojitos y le aparece esa sonrisa que solo me dedica a mi, cuando me reconoce y me ve.

Todo eso, lo bueno y lo malo, me hacen darme cuenta de que Elisa y Renata sacan mi mejor y mi peor versión, y que aunque soy más que solo su mamá -también soy periodista, pareja, hermana, amiga, hija-, ellas vinieron a sacudir mi mundo y a abrirme los ojos a todo lo que estoy haciendo mal, y a aplaudirme a mi misma por todo lo que estoy haciendo bien, por todo eso que nunca me imaginé que sería capaz de hacer y hoy sin darme cuenta es algo cotidiano.